| El
umbral de la escritura |
Catalina Gaspar
|

La experiencia del delirio
La metaficción productiva pone en escena
en el cuerpo del relato las tensiones de ideología
y lenguaje, las heridas y experiencias límites
de su caótica y rizomática productividad
autoconsciente. De ahí que en ella la locura, la
monstrificación, el carnaval, el caos, la alteridad,
no sean temáticas, estructuras, o "artificios"
narrativos, son instancias de la productividad metaficcional
que nombran la travesía, el pasaje a la
diferencia. La locura de personaje o narrador,
la experiencia delirante, el mal, la castración,
el desposeimiento, son umbrales de la transformación
significante de la escritura. La situación del
hombre en el umbral que ya fuera hondamente indagada por
la obra de Dostoievski, y que formulara Bajtín
en su reflexión teórico-crítica (1988),
se torna en la narrativa metaficcional umbral de la
escritura, de la transformación significante
del lenguaje que se nombra a sí mismo como constitutivo
del mundo.
La locura viola la ley de lo "Uno" que se convierte
en dos, destruye la semejanza e irrumpe en su seno para
nombrar la diferencia, como lo atestigua la historia
de la literatura occidental, y en Latinoamérica
los textos de Felisberto Hernández, Roberto Arlt,
Cortázar, Onetti, Britto García, que exploran,
como Donoso, el lugar sin límites de la
ficción: del lenguaje, del mundo, del hombre. Lugar
que como en Abrapalabra de Britto García,
puede conducir, en la transgresión de todos los
límites, a la entropía total, al
caos desintegrador del universo (V. Gaspar 1996).
Si la verosimilitud se nutre del necesario "orden"
de la realidad que la precede como condición necesaria
para su ficcionalización, la metaficción
productiva es experiencia límite que rompe
las dicotomías de realidad/imaginación,
razón/locura, verosimilitud/inverosimilitud, y
abre el relato de un otro orden significante, el de su
escritura rizomática.
La "separación de la locura" es para
Foucault uno de los tres grandes sistemas de exclusión
que afectan el discurso, derivado de la "voluntad
de verdad" que revela "como prodigiosa maquinaria
destinada a excluir" (1973:18-20). En la separación
de la locura se ejercita, pues, la exclusión de
la diferencia en oposición a la identidad, y la
palabra del loco se encuentra del otro "lado"
de la línea trazada por la epistemología
occidental, en sus mecanismos de control y delimitación,
que ponen en juego el poder y el deseo.
Línea de control y delimitación que trazaron
el discurso del cacique y el de Jerónimo para controlar
el caos e impedir su productividad significante, la cual
refuta la voluntad de verdad y la racionalidad en el "enmascaramiento"
del discurso que "desenmascara" y desentroniza
los procedimientos de exclusión.
Parecería que se crea la ficción para dominar
la monstruosidad inherente al ser humano y al mundo,
controlar el caos, permanecer fuera de él: poseer
el poncho paternal, ser el "cronista", dominar,
encarcelar, ejercer el "control" de la ficción
como sustituto de la realidad. De ahí que, dirigido
a sus seres ficticios, a los monstruos, Humberto enuncie
que el propósito es:
dejar en claro de una vez y para siempre, su propia
superioridad por el hecho de ser normal. Ellos dependían
de él. El era el carcelero. No ellos, acechantes
y susurrantes. El los había inventado a ellos,
no ellos a él. La Rinconada, los patios de Boy,
la organización, la dieta, el doctor Azula, la
estructura de la casa, la demolición de las dependencias
donde era tan fácil perderse, todo, todo, había
sido idea suya. Ellos mismos, y sus quehaceres, eran invento
suyo. Que no se rebelaran (255-256).
Lo que se niega en El obsceno pájaro de la
noche es incorporado al texto la realidad referencial,
la univocidad del mundo y los seres humanos, la figura
del escritor, el sujeto enunciador único, la obra
como producto para abrir, en cada uno de ellos,
una herida, una pérdida que genera la transformación
del sistema de negaciones del relato: son los anzuelos,
los ganchos sangrientos.
Emperatriz sonrió dulcemente:
Pero puede despertar, pues Humberto, y a usted
le tiene tanto miedo porque usted es
distinto.
El anzuelo. El gancho sangriento. Lo penetró,
lo pescó, (
) y yo, sí, yo mismo inventé
las reglas de este juego que me ha atrapado con un gancho
que me está haciendo sangrar (254).
El anzuelo, el gancho sangriento, es el que tiende el
discurso ficticio, que se torna autónomo de su
creador, quien pierde el control de su realidad. Jerónimo
y Humberto son atrapados en el adentro de la ficción
y transformados por ella, inventan las reglas de la Rinconada
y de la "obra", pero ambos proyectos sucumben
ante las demandas del universo ficticio, para el discurso
de El obsceno pájaro de la noche.
Los monstruos tienden el anzuelo al sujeto que los creó,
quien a su vez es invención de Jerónimo,
invención que hace de él un prisionero de
la Rinconada y lo identifica con Boy: él es el
centro de la Rinconada, "él, no Boy, era el
prisionero", envolviéndolo en "capas
sucesivas de monstruos menos importantes", rodeado
por "ventanas tapiadas" que son risas y envidia
de quienes
sólo lo envidiamos a él, Humberto
que no envidia a nadie, ahogado porque no puede envidiar
a nadie, aunque si ustedes supieran que sí, sí
envidio, lo envidio a él, al que me inventó
y me puso aquí en el centro de esta envidia que
me ahoga (261).
En esta instancia del relato se produce una nueva herida,
esta vez la de la locura, la del delirio de Humberto,
conducente a la monstrificación de la ficción
y, en ella, de la imagen del sujeto de la enunciación,
monstrificación que, como afirmáramos,
signa la diferencia que es la ficción. En
una extraordinaria propuesta metaficcional el delirio
de Humberto pone en escena la productividad textual en
la transformación de la obra en texto:
Me
tiendo en la cama. Mi obra entera va a estallar dentro
de mi cuerpo, cada fragmento de mi anatomía cobrará
vida propia, ajena a la mía, no existirá
Humberto, no existirán más que estos monstruos,
el tirano que me encerró en la Rinconada para que
lo invente, el color miel de Inés, la muerte de
la Brígida, el embarazo histérico de la
Iris Mateluna, la beata que jamás llegó
ha a ser beata, el padre de Humberto Peñaloza,
señalando a don Jerónimo vestido para ir
al Club Hípico, y su mano benigna, bondadosa, Madre
Benita, que no suelta ni soltará la mía
y su atención a mis palabras de mudo y sus rosarios,
esta Casa es la Rinconada de antes, de ahora, de después,
la evasión, el crimen, todo vivo en mi cabeza,
el prisma de la Peta Ponce refractando y confundiéndolo
todo y creando planos simultáneos y contradictorios,
todo sin jamás alcanzar el papel porque oigo las
voces y las risas envolviéndome y amarrándome,
miro la luz en las ventanas de Emperatriz, Basilio llevando
y trayendo bandejas, quizás los monstruos se dispongan
a bailar, mi dolor aquí, aquí, el mordisco
de los colmillos sanguinarios que no sueltan su minúscula
presa, el anzuelo de Emperatriz penetrándome. Me
levanto para llamar al doctor Azula por teléfono.
żDónde puedo encontrarlo? Es urgente. Dice la telefonista:
donde la señorita Emperatriz (262-263).
Es, en la imposibilidad de la obra, la creación
del texto, de la ficción prismática,
urdida con fragmentos diversos con vida propia:
las ramas de Donoso que dibujan un tejido rizomático:
un trenzado de voces diferentes, de códigos
múltiples, a la vez entrelazados e inacabados.
(
) un volumen, una "estereofonía"
(Barthes 1984:175).
Porque en efecto, El obsceno pájaro de la noche
no es "una estructura plana", es, como lo observa
Gutiérrez Mouat, "un deslumbrante universo
ficticio compuesto de retazos heterogéneos de texto
que la propia novela enumera" (s/f:169), estructura
que por su parte Cornejo Polar interpreta como de "índole
poética" (1975:109), y que se relaciona con
la "novela lírica" cuyas características
definiera Freedman (1971) a partir de la obra de Hesse,
Gide y Woolf.
Sin embargo, Gutiérrez Mouat plantea que:
Estos elementos dispares que no encuentran un sistema
convencional de integración se motivan, en último
término, por la presencia dentro de la novela de
un escritor impotente, improductivo, motivación
que por muy paradójica que sea puede constituir
un sistema global de verosimilitud (s/f:169).
Para nosotros, en cambio, la motivación de la
estructura novelística es justamente la de la productividad,
y no la del sistema de verosimilitud, desde el
cual, como afirmáramos, Humberto sería el
autor improductivo de la novela, y ésta,
una escritura no realizada, como lo planteara Solotorevski
(1983). El obsceno pájaro de la noche propone
metatextualmente la refutación de la negatividad
que le dio origen en tanto obra producto de un
autor, porque lo que constituye al texto es:
su fuerza de subversión con respecto a las
antiguas clasificaciones. Si el texto presenta problemas
de clasificación (por otra parte ésta es
una de sus fuerzas "sociales"), se debe a que implica
siempre una experiencia del límite (Barthes 1974:73).
Experiencia del límite que El obsceno pájaro
de la noche narra metaficcionalmente en el delirio,
el carnaval y la monstrificación, umbrales
como también lo será el espejo
de sus procesos ficcionales. Por ello en este enunciado
delirante encontramos el indicio de la creación,
desde la Rinconada, de otro espacio ficticio que la espejea
y la deforma: la Casa, y todo lo narrado parecería
revelarse como pensado frente a la máquina de escribir.
Pero a su vez, el delirio de Humberto se espejea en el
delirio del Mudito la otra gran herida del
discurso narrativo en el cual el Mudito crea en
su relato a la Madre Benita la ficción de la Rinconada
y todas las otras.
Juego especular que hace de la Rinconada y de la Casa
espacios de creación de la ficción, instancias
de la productividad textual en el prisma de la Peta Ponce
que genera imágenes metatextuales múltiples
y simultáneas. En el delirio se encuentra así
la génesis de la ficción, de ahí
que a partir de éste el narrador se sitúe
simultáneamente en planos de espacio y de tiempo
distintos. El relato de la Rinconada está a cargo
de un narrador impersonal, para quien Humberto es un él,
pero el narrador se hace Humberto en la Rinconada que
sin transición es el Mudito dirigiéndose
siempre a la Madre Benita, desplazamiento del aquí
y ahora de la Rinconada al aquí y ahora de la Casa
en el delirio del Mudito que narra sus inicios como escritor
los de Humberto todo ello simultáneamente
pensado frente a la máquina de escribir de Humberto,
pero nunca plasmado en la página en blanco.
Descentramiento de la referencialidad del relato, en
el cual, desde una aparente verosimilitud, una voz narra
una historia, pero ella se torna a su vez la ficción
de un otro: la supuesta realidad se cancela y la ficción
se apodera del relato y del sujeto que la creó.
Es por ello que en la secuencia siguiente Humberto narra
su pasado, "otros tiempos", en que pensaba otras
cosas, y podía "mirar para afuera, por la
ventana" (266). No existía ni la Rinconada,
ni la Casa, ni Jerónimo, ni la Madre Benita. Antes
de enunciar: "soy escritor" (268).
Ello sitúa en la afirmación de ser escritor
el origen del universo de El obsceno pájaro
de la noche, de ahí que la novela narre no
las fantasías enfermas de Humberto o del Mudito,
sino la producción del discurso ficticio, como
en mise en abîme lo enuncia Mudito:
todos [los autores leídos] me abrían
ventanas ahora selladas y asfixiantes, que después
de mi respuesta a don Jerónimo esa maldita tarde
de verano me encerraron en esta casa: le dije soy escritor
(268).
Metáfora de la opción textual que frente
al discurso mimético subsidiario de una realidad
exterior y anterior a él, postula el texto que
se crea en la experiencia de la escritura. Ser
escritor significa cerrar todas las ventanas al afuera
y ser atrapado, no por sus fantasías interiores,
sino por la creación de la ficción: quedar
encerrado en esta Casa porque, como interpretáramos,
la Casa y la Rinconada son especularmente mise en abîme
de los espacios de la enunciación y simultáneamente
espacios ficticios que a su vez generan otras ficciones
que se refractan y contradicen en el prisma metatextual.
Desde esta perspectiva, todos los imbunches del mundo
representado son mise en abîme del imbunche
de la escritura y del escritor para generar un texto imbunche
que postula la inexistencia de toda otra realidad que
no sea la de la ficción, proceso que precisa de
la transformación de su creador:
nada de esto existe pero no puedo pensar en otra
cosa que en estos monstruos (
) estoy sellado dentro
de sus intrigas y maquinaciones que yo urdo para ahogarme
como si quisiera ahogarme y no quiero que me engulla el
fango que no me deja pensar en otras cosas (266).
El desplazamiento del "sus" al "yo"
sugiere que los monstruos que lo ahogan imbunchan
son su creación. Y la yuxtaposición de planos
da cuenta de la Casa y la Rinconada como creaciones ficticias
que narran, en el desplazamiento del narrador y del receptor
del enunciado, la transformación del sujeto de
la enunciación, el anuncio de su monstrificación:
La página metida en la máquina, en blanco.
Ir a buscar a Emperatriz. Engañarla para que se
entregara. (
) La cabeza de Humberto se desmoronó
sobre su máquina de escribir. (
) y quedó
hecho un montón de escombros en el suelo. (
)
Mis pies buscaron las zapatillas. Me cubrí como
pude con la bata, Emperatriz, Emperatriz, Emperatriz,
cruzar el prado hasta el departamento de la enana, por
lo menos no morir solo (
) Abrieron. Gracias, Madre
Benita, usted siempre está en todas partes para
conseguir que me abran la puerta en el momento preciso.
Todos desnudos en el boudoir de Emperatriz, todos
los monstruos que me arrastran (269-270).
Toda imagen metatextual en El obsceno pájaro
de la noche se formula, especularmente, en plurales
niveles textuales, involucrando la totalidad del prisma.
Así, aquello que se ficciona en el movimiento del
discurso, en su lenguaje, en el desplazamiento de los
planos temporo-espaciales, se figurativiza en la secuencia
de la apropiación-transfusión-intercambio
de órganos y de sangre entre Humberto y los monstruos.
me
están monstrificando, (
) he perdido mi forma,
no tengo límites definidos, soy fluctuante, cambiante,
como visto a través de agua en movimiento que me
deforma hasta que yo ya no soy yo, soy este vago crepúsculo
de conciencia (
) trato de descifrar lo que contiene
esa sangre, qué monstruosidad ajena se va incorporando
a mi ser, (
) esta jeringa que extrae litros y más
litros de sangre mía, de Humberto Peñaloza
cuando era Humberto Peñaloza, sangre de antes que
me metieran sangre de monstruo en las venas, cuando yo
era yo y no un fenómeno fluctuante (
) piden
a gritos mi sangre, más sangre de Humberto Peñaloza,
oigo el clamor de la multitud sedienta que se agolpa a
mi puerta, yo no puedo moverme porque me tienen inmovilizado
con estas sondas que duelen, por las visitas constantes
de los monstruos disfrazados con sus dominós y
sus caretas galantes que intercambian, (
) y que
cómo van a saber cómo me llamo, me están
quitando la identidad, hasta eso me están robando,(
)
les grito mi nombre pero mi voz no se oye (
) Madre
Benita, se están burlando de mí porque se
dan cuenta de que estoy tan débil que hasta me
he olvidado cómo me llamo, soy incapaz de identificarme,
ayúdeme usted que es tan piadosa y compasiva, aunque
no quiero saber quién soy, además ya no
soy quien fui si es que alguna vez fui alguien, no se
vaya, Madre Benita, no me suelte la mano, no me deje morirme
solo, no sé cómo la han dejado entrar hasta
aquí. No. Váyase. Usted no es la Madre Benita.
Es sólo alguien que se disfrazó de la Madre
Benita. Váyase (
) soy esta colección
de monstruos que me han traspasado deformidades para adueñarse
de mi sangre insignificante (271-275).
La secuencia de los monstruos narra el tránsito
del "yo" a los "otros": la transformación
del creador en sus seres ficticios, quienes ahora se apropian
de su sangre, y le traspasan a él sus deformidades,
monstrificándolo. El sujeto pierde su identidad,
su voz, su nombre, es la ficción por él
creada: "una colección de monstruos".
La descripción que hace Humberto de su estado es
mise en abîme de la materia narrativa informe,
fluctuante, sin límites y del
narrador, que sucumbe a las demandas de la ficción,
de la nocturnidad, del inconsciente: "soy este vago
crepúsculo de conciencia".
Es un extremo sugestivo que Donoso narrara en una entrevista
que en 1969, convaleciente de una úlcera gástrica,
le fue suministrada una fuerte dosis de morfina que le
produjo una crisis de locura, tras la cual reescribió
El obsceno pájaro de la noche. Sobre su
novela afirma que ella tiene "el orden que me había
sugerido la locura" (Llosa 1970:40, cit. por Quintero
1978:187), y que mientras en sus novelas anteriores entregaba
la parte consciente de su inconsciente, "un inconsciente
controlado", esta novela:
Fue una experiencia existencial completamente distinta.
Yo no escribí esta novela. Esta novela me escribió
a mí. (
) una experiencia vital no planteada,
sino experimentada al escribirla. (
) Esta cosa que
quizás iba a representar una pierna se transforma
no en una pierna, sino es una prolongación del
brazo, porque una prolongación del brazo que en
realidad salía por acá hizo que sucediera
lo otro (Donoso 1971:527-529).
Y es justamente la experiencia del delirio el de
Humberto y el del Mudito el aspecto textual a partir
del cual se ha explicado la peculiar índole narrativa
de El obsceno pájaro de la noche. Interpretación
que podría estar sintetizada en las consideraciones
de Isis Quintero, quien a partir del testimonio de Donoso
sobre la locura como germen de la organización
de su obra, plantea:
Todo esto nos hace comprender mejor por qué el
texto de El obsceno pájaro tiene la estructura
de un delirio mental, como un largo monólogo interior
que cambia constantemente de sujeto, pero que en realidad
se organiza exclusivamente en función de las obsesiones
alucinaciones de un personaje. La novela renuncia así
a la inteligibilidad inmediata para convertirse en novela-enigma,
novela-jeroglífico, que hay que descifrar desde
los sueños, las sensaciones y desvaríos
de ese personaje en constante mutación de sí
mismo, y desde ese confuso e incoherente mundo creado
por su imaginación esquizofrénica (Quintero
1978:188).
Sin embargo, el tono delirante que adquiere el discurso
textual, y la yuxtaposición de planos temporo-espaciales,
la estructura caótica, la ambigüedad y opacidad
del lenguaje, la confusión entre realidad y apariencia,
la difuminación de los límites entre la
realidad "real" y la "imaginaria", la especularidad
prismática, las transformaciones de la voz narrativa,
no responden a que se trata de la narración obsesiva,
alucinada, de un personaje que monologa, sino, como hemos
analizado, y como es capaz de expresar en imágenes
su autor, a la productividad metaficcional. En
ella el delirio es la herida que permite,
en la transformación del sujeto de la enunciación,
en la monstrificación de autor y "obra",
la emergencia de la escritura, de su enigma y su
no-ley, de su anormalidad frente a la realidad,
y frente al discurso logocéntrico.
De esta manera, la objeción que reciben los planteamientos
de Foucault es refutada por El obsceno pájaro
de la noche:
Se me puede objetar que (
) la palabra del loco
ya no está del otro lado de la línea de
separación; que ya no es considerada algo nulo
y sin valor; que más bien, al contrario, nos pone
en disposición vigilante; que buscamos en ella
un sentido, el esbozo o las ruinas de una obra (Foucault
1973:14).
Y en efecto se ha visto Martínez 1977, 1980;
Solotorevsky 1983; Gutiérrez Mouat s/f la
propuesta metaficcional de la novela como "las ruinas
de una obra" y las "ruinas" de un sujeto
Humberto/Mudito que contempla narcisistamente
la pérdida de su "yo" en los fragmentos
de su discurso. Comprendemos en cambio el delirio como
una herida, un corte en el proyecto inicial
de ficción de Jerónimo/Humberto que se transformó
en el referente de realidad para la creación de
la "obra": corte en la "realidad",
en la subjetividad creadora y en la ficción misma.
El delirio el de Humberto y el del Mudito
es, para nosotros, el espacio donde se pone en escena
"el juego negativo de un corte y de un enrarecimiento
del discurso" (Foucault 1973) que genera el texto
como significancia, como caos productor de significación,
como rizoma. Espacio que es ya no el de la excluyente
"voluntad de verdad", sino, como lo enuncia
el discurso de Humberto que citáramos, el ámbito
de lo que acontece y del azar, del caos y del carnaval,
el espacio donde el discurso pugna por emerger como diferencia.
Producir el caos significativo es desplegar el carácter
rizomático del texto, es no encarcelar el
caos en el discurso de la Rinconada, el inconsciente en
el latido "oculto" de la "obra". Es
producir el inconsciente:
Tanto para los enunciados como para los deseos la cuestión
nunca estriba en reducir el inconsciente, en interpretarlo
o en hacerlo significar según un árbol.
La cuestión es producir el inconsciente
y, con él, nuevos enunciados, otros deseos: el
rizoma es esta producción del inconsciente mismo.
(Deleuze 1977:44)
La creación del texto es el cuerpo de la escritura.
La monstrificación de Humberto se realiza simultáneamente
en los dos planos en los que se mueve esta instancia del
relato: en su transformación como persona como
no monstruo en monstruo por los seres de la Rinconada;
y en su obra, que es contenida por su cuerpo, por la aparente
unidad que lo define como sujeto de enunciación,
como escritor, creador de un "el": el universo
literario. Pero para que la literatura sea posible, el
cuerpo, la unidad, la subjetividad, debe crear de sí
a otros.
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