Yo soy lunar, soy de la noche

 

 

Beatriz Alicia García

 

A Rafael López Pedraza

 

Si un libro resulta esencial en la obra de la poeta venezolana Hanni Ossott es El reino donde la noche se abre. Fue escrito entre 1983 y 1986 y publicado en una cuidada y bella edición de la editorial Mandorla en 1987. Se lo considera una cúspide dentro de su producción poética, además de la honda intensidad de los poemas que componen el libro y del magistral manejo del lenguaje que allí encontramos, se lo señala particularmente por un poema elegíaco que se encuentra entre los mayores de la poesía venezolana contemporánea, me refiero a "Del país de la pena", poema de largo aliento y profundidad. La autora expresó en una entrevista concedida a Rafael Arráiz Lucca para la revista Imagen, publicada en enero de 1988: "Ha sido el poema más largo, intenso y complicado que he escrito en mi vida. Fue escrito en un estado de rapto y de lucidez". En este poema se entrelazan los grandes temas de su poesía: la muerte, la locura, la soledad, el sueño, el amor, la enfermedad, la infancia; en él confluye lo que ha sido su obra hasta el momento y lo que será más adelante. Noche y luz se encuentran de un modo visceral.

"Una lucidez demasiado grande es una enfermedad es una enfermedad total y completa", escribió Dostoievski en Memorias del subsuelo. "Del país de la pena" es un poema de suma lucidez, pero esa luz, como la de Dante cuando se adentra en la selva oscura, viene de las oscuridades del alma, de la noche de los hombres, del reino de Hades. El poema de por sí es sobrecogedor, pero si pienso que tal como expresara en la entrevista ya citada concedida a Arráiz Lucca, escribió este poema en una sola noche, entre las diez de esa noche y las cuatro de la madrugada, mi estupor es verdaderamente mayúsculo. Ella lo llama rapto, revelación. La palabra rapto me resulta más que apropiada. Invariablemente me viene a la mente la imagen de Perséfone o Proserpina. A menos que uno sea raptado por Hades resulta de una valentía sin límites adentrarse en tales profundidades con tal fervor y a solas. Me parece francamente titánico, desmedido, y verdaderamente no me atrevo a profundizar en lo que esto psíquicamente debió representar para ella. No tengo herramientas para ello. Pero eso es pescar en aguas profundas sin duda, dentro de sí misma y su cultura, nuestra cultura. Cultura en franca decadencia, cultura sin asideros, cultura en la que reinan la enfermedad, la fragmentación. Y en "Del país de la pena" eso está expresado de manera contundente, tanto en los temas que aborda, como en la forma misma del poema, esa forma fragmentaria, de átomos estallantes, donde confluyen recuerdos, con pesadillas, imágenes cotidianas, imágenes arcanas, miedos, dolor. Si pudiésemos hablar de un tema, yo tomaría el título de aquella entrevista que le hizo Sergio Dahbar para el Papel Literario de El Nacional en 1983: "Yo le canto al fracaso del hombre".

En el prólogo de su libro de ensayos Imágenes, voces y visiones (1987) Hanni Ossott escribe algo que nos puede servir para iluminar este libro al cual nos estamos aproximando El reino donde la noche se abre y especialmente este poema en particular, "Del país de la pena":

La voz poética surge de lo crepuscular y se alimenta de la noche. la noche alberga la enfermedad, la locura, el alma, la inspiración, el amor y la muerte. Estas son las formas por las que se expresa.

Esta afirmación, esta suerte de poética vincula a Hanni Ossott, a mi ver, con dos épocas, con dos modos de asir lo cultural. Por una parte el Medioevo, e igualmente con el Romanticismo. Del Medioevo tomo esa imagen de la mujer que la vincula a Hécate, lo oculto, lo nocturno, lo lunar, la enfermedad, las fuerzas caóticas, lo intuitivo. Por otra parte me interesa destacar las imágenes que pudieran relacionarse con lo sagrado, lo religioso, que podemos vincular con el miedo, la culpa, el sacrificio, lo grotesco, la descomposición, el terror. Nos dice Huizinga en su Otoño de la Edad Media (1947) :"La vida entera estaba tan empapada de religión que amenazaba borrarse a cada momento la distancia entre lo sagrado y lo profano". Nos encontramos ante dos extremos que se tocan y se confunden, en la medida en que lo sacro toma, se apodera del mundo cotidiano, del mundo diurno, se desdibujan las fronteras entre uno y otro. Así, mientras más profundiza el hombre en los aspectos oscuros de su alma, su psique, mientras mayor es su vinculación con el horror y la muerte y se vuelven imágenes cotidianas, con mayor vehemencia se entrega a las pasiones mundanas o viceversa.

En medio de las imágenes nocturnas, oscuras, que aparecen en "Del país de la pena", en medio de las imágenes del dolor y el horror, encontramos imágenes de una intensa luminosidad y carnalidad:

El sol me quema, incendia mi piel, ilumina mis ojos
Me vuelvo ardiente, soy ardiente
respondo a la canícula
(...)
Quiero ir a la playa, quiero ver el mar
quiero ver la tierra estremecida por el amor del mar
adoraré la belleza, los esplendores

Aquí debemos hacer referencia a ese movimiento pendular, entre noche y luz, que está presente en toda la obra de Hanni Ossott, y en este, su poema más profundamente nocturno, hay también esa confluencia, que hemos relacionado con el espíritu medieval porque es la época histórica donde encontramos imágenes, referencias, en las que los extremos de algún modo llegan a amigarse; cuando se habla de la muerte, por ejemplo, se habla incluso de la "danza de la muerte", se la vivifica, "riendo sarcásticamente, con el andar de un antiguo maestro de baile, invita al Papa, al Emperador, al noble, al jornalero, al monje, al niño pequeño, al loco y a todas las demás clases y condiciones, a que la sigan", nos dice Huizinga, en la obra ya mencionada. La poeta misma se pregunta en un verso: "¿Soy de la Edad Media?"

Igualmente considero útil para acercarme al texto la figura medieval del alquimista, en el sentido del poeta que va hacia la noche para de ella sacar luz, para hacer de su fugaz paso por la tierra un acto de fe y de vida fundado en la palabra. Aunque sabemos que a veces la luz es como el rayo cuando ilumina el cielo un instante y parte un árbol centenario en dos. "Lo bello no es más que el comienzo de lo terrible que admiramos tanto porque sereno desdeña destrozarnos", nos dice Rainer Maria Rilke en una de sus Elegías del Duino. No olvidemos que lo sagrado y lo terrible conviven y copulan, que el altar de los dioses con frecuencia es también altar para el sacrificio.

El solo título de este libro El reino donde la noche se abre nos invita a un sendero de inusitada profundidad y complejidad. En la búsqueda poética de Hanni Ossott y especialmente aquí es la noche lo que le abre la luz, la lucidez. Por eso ella dice en el prólogo de su libro de ensayos Imágenes, voces y visiones:

(…) que podamos amar, si es posible, nuestra Noche, pues sólo desde allí, desde la palabra fecundada por Eros puede surgir el poema, o lo poetizable…

Eso de "amar nuestra Noche", vinculándola a Eros, el impulso vital, el ímpetu vital, nos lleva a ese otro momento de la historia de la cultura con el que vinculo la obra de Hanni Ossott y particularmente El reino donde la noche se abre: el Romanticismo. En este movimiento que tiene su apogeo entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX en Europa, la noche, lo nocturno del alma humana es exaltado, como en ninguna otra época, salvo la Edad Media. No es casualidad que hayamos vinculado ambas épocas, en ambas reinó la noche y fue exaltada. Inicialmente el Romanticismo se gesta en Alemania, se asocia a los "Stürmerdränger", "jóvenes rebeldes que protestaron contra todo, el despotismo de los príncipes, el despotismo de los clásicos, el despotismo de la razón, y exaltaron los derechos de la libertad, la creación literaria espontánea, la anarquía de los instintos", de esta camada inicial del Sturn und Drang surgen el gran Goethe y Schiller. Sin embargo, algunos estudiosos inician la llegada de los aires románticos en obras escritas a finales del siglo XVII, especialmente en Inglaterra. Así encontramos referencia a un poema de Edward Young (1683-1765) vinculado precisamente a la noche, se llama Night thoughts (Pensamientos nocturnos), escrito entre 1742 y 1745, tras una serie de desgracias que le ocurrieron al poeta, éste escribió sucesivas meditaciones sobre la vida, la muerte, la inmortalidad. Posteriormente encontramos los "Himnos de la Noche", escritos por el poeta alemán, de vida breve (1772-1801), Friedrich Leopold von Hardenberg, mejor conocido como Novalis, quien murió de tuberculosis a los 29 años. En su obra, que podamos también vincular con el espíritu medieval, por la exaltación del "stimmung", un estado del alma atemperado propicio para el sentimiento de armonía con el cosmos, con lo religioso, lo sagrado, se exaltan también los territorios de lo onírico, los territorios del sueño.

Retornando a la obra de Hanni Ossott, en El reino donde la noche se abre encontramos en su temática el imaginario romántico por excelencia, la Noche, la enfermedad, la muerte, el terror. Podemos vincularla especialmente a los grandes líricos ingleses románticos en el poema "Del país de la pena", en ellos se entrelaza lo espectral, las sombras, lo nocturno, la muerte, el sufrimiento, con el mar. En "Del país de la pena" el mar es un constante telón de fondo. Vinculo el poema particularmente con las Lyrical Ballads (Baladas Líricas) de Worthsworth y Coleridge, con The ancient mariner (Balada del viejo marinero) y "Kubla Kan" de Coleridge : "In Xanadu did Kubla Kan/A stately pleasure-dome decree:/Where Alph, the sacred river, ran/Through caverns measureless to man/Down to a sunless sea…" Ese "sunless sea" (mar sin sol o nublado) es una imagen tanto medieval como romántica, el sol oscuro de la melancolía, que está presente en el poema de Ossott, aunque algunas imágenes ya citadas sean luminosas, en el poema prevalecen las imágenes de la noche, de lo nocturno. "Desde lo profundo y lo oscuro escucho y tiemblo", dice en los versos iniciales. Luego aparece en el poema la imagen de unos barcos que llegan, barcos fantasmales llenos de enfermedad, invalidez, desazón, son imágenes nocturnas. Una frase lapidaria nos da la bienvenida como epígrafe al poema, un verso de T.S.Eliot: "Te enseñaré el miedo en un puñado de polvo".

Nos movemos en un territorio donde lo único que puede guiarnos es la intuición, ese tipo de saber no racional que preconizaron precisamente los románticos. Como ya he dicho con frecuencia lo sagrado y lo terrible conviven, copulan. De allí puede venir el poema, pero también la locura. El vidente paga siempre el precio de su visión. El poeta se convierte en una figura prometeica, paga por iluminar a los otros el sufrimiento, la noche, la maldad, lo que uno prefiere no ver, nos dice Hanni en el poema:

No quiero el horror sino la tolerancia
la casa, amigos, libros,
el granate de amor, los hermanos.

No hay punto final para esta guerra
esta guerra horrible
esta destrucción
mi alma ha sido partida en dos
piedad por mis ángeles
Santa Cruz (…)

Frente a la destrucción y el horror pareciera contraponerse, hacer de contrapeso, las imágenes cotidianas, la casa, lo querido, los seres queridos, lo familiar, como única lámpara en medio de la Noche. Por lo general el vidente pierde su yo, su propia identidad. Conectarse con lo sagrado significa ir hacia su no-ser, la "disolución de su yo". "Yo es otro", dice Rimbaud. Cuando yo me fundo con la otredad, con lo otro, llámese Dios, lo sagrado, la Naturaleza, cuando yo soy la voz de lo otro, pierdo mi propio yo, en un verso nos dice la autora: "No tengo cara es seguro, no tengo cara". Esa búsqueda de trascendencia se inicia en el poema a través de la introspección, de la relación con la propia interioridad a través de una pregunta que se repetirá a lo largo del poema y se convertirá en su leit-motiv, un sumergirse buscando responder esa pregunta cuya respuesta no puede darnos el espejo, ¿QUIÉN SOY? Iniciamos el recorrido por "Del país de la pena" con esa pregunta: "¿Quién soy?…¿La luz que ilumina esta verja, esta tierra?/¿Soy los árboles y las plantas? ¿Acaso el mar?" El ser, la esencia de lo que somos, no se nos da como imagen per se, soy evidentemente algo más de lo que veo en las mañanas cuando me lavo la cara, más que lo que los otros ven en mí, sueñan en mí. En esa pregunta inicial, filosófica, que ha tratado de responder el hombre a través de toda su historia, Ossott nos sumerge en una duda existencial que muy en el fondo todos tenemos, pero que culturalmente solapamos, le ponemos adjetivos, porque le hemos quitado su verdad esencial, el "Yo soy", como esencia, el "Yo soy" que es al mismo tiempo "Yo estoy". El "Da sein" de Heidegger, un pensador caro a Hanni Ossott por lo demás. Así en el poema se intenta responder al quién soy con muy diversas imágenes que entrelazan el mundo interior y el cotidiano, lo luminoso y la oscuridad, la enfermedad. En los versos iniciales se identifica con elementos de la naturaleza, la tierra, la luz, los árboles, el mar. El poeta al nombrar le da identidad a lo existente. Hacer mundo, crear mundo, es finalidad del poeta y en ello se conecta con su yo trascendente. Esta identificación inicial con la naturaleza es un rasgo también típicamente romántico, tal como lo expresa Octavio Paz en Los hijos del limo (1974): "Por la imaginación la naturaleza nos habla y habla con ella misma", así el poeta se fusiona con la naturaleza, la acoge como imagen interior, traiciona su propia identidad, como decía Keats en una correspondencia: "Un poeta es lo menos poético de la existencia, ya que carece de identidad desde el momento en que se ve continuamente en la necesidad de ocupar el cuerpo de otro". Así Hanni Ossott se fusiona en algunas imágenes del poema con la naturaleza, veamos:

La hojarasca me ha arrastrado
Quizás para salvarme
Mi cuerpo esta cubierto con una alfombra vegetal
la pelusa de las hojas me acaricia
me he hundido en lo verde

La exaltación de la naturaleza para el alma romántica no es un loco delirio sino que sencillamente permanece en estado de quietud y "ve", como bien lo describe Rafael Cadenas en Realidad y literatura: "No se trata de que el sujeto se transforme en el objeto; si yo soy un hombre no me puedo volver árbol, sino que al aquietarse la mente, su carga ya inmovilizada sin esfuerzo, deja de entorpecer el contacto con la realidad y entonces ésta emerge con toda su fuerza, para ocupar su puesto, para ser el centro de gravitación". En ese proceso el poeta contacta su propia naturaleza, su existencia en el concierto del mundo, se sabe vivo y en contacto con lo que es más allá de las urgencias y exigencias cotidianas, contacta con lo más esencial en él. Entonces la naturaleza se vuelve espejo, se ve en ella, tal como es. De allí que el poeta del Romanticismo se vea en la tempestad, en la flor, en ellas ve su fugacidad y su belleza, su ser-para-la-muerte. La poesía moderna, nos dice Paz en Los hijos del limo, exalta "la belleza bizarra: única, singular, irregular, nueva. No es la regularidad clásica, sino la originalidad romántica: es irrepetible, no es eterna: es mortal. Pertenece al tiempo lineal: es la novedad de cada día. Su otro nombre es desdicha, conciencia de finitud. Lo grotesco, lo extraño, lo bizarro, lo original, lo singular, lo único, todos estos nombres de la estética romántica y simbolista, no son sino distintas maneras de decir la misma palabra: muerte". En ese instante en que el poeta apaciguado contacta con la naturaleza y con su propia naturaleza, nos entrega el único don que nos queda en nuestro ser-para-la muerte, saborear la belleza del instante, del ahora, que a su vez es pasado y futuro, cuando lo estoy diciendo, escribiendo, ya pasó, pero en la medida en que lo escribo, permanece. Así tenemos la ilusoria idea de salvarnos de nuestra angustia, dándole un nombre: Noche.

Otra imagen constante de importancia a lo largo del poema es un paisaje ya mencionado, el mar, el cual vinculamos con la lírica inglesa romántica. El mar nos conecta con una imagen muy arcaica en nuestro imaginario, nos remite a lo que está en germen, espacio de gestación, de transformación, el origen de lo vivo en la noche de los tiempos. No hay imagen de la naturaleza que pueda imaginar más eterna que el mar, arrastrando, socavando, en su interior, en sus profundidades, pero al mismo tiempo imperecedera, estática, en su continuo ir y venir. "El mar se abre en mí, vasto para lavarme, regarme", leemos en el poema, "quiero ver la tierra estremecida por el amor del mar".

Cuando el poeta se conecta con las imágenes que convocan lo sagrado trasciende su yo, se enfrenta con imágenes poco claras que pueden ser terribles, imágenes nocturnas, que sin embargo despiertan anhelo, apetito. En su libro de ensayos Memoria en ausencia de imagen memoria del cuerpo (1979) Hanni cita un pasaje de Más allá del bien y del mal de Friedrich Nietzsche que resulta significativo:

¿Qué buscabas allá abajo?…con un pecho que no suspira, con un
labio que oculta su náusea, con una mano que ya sólo con lentitud aferra
las cosas (…) ¿Qué es lo que ahora te agrada? Basta con que lo nombres:
¡lo que yo tenga te lo ofrezco!…¿Para reconfortarme? ¿Para reconfortar-
me? Oh tú, curioso, ¡qué es lo que dices! Pero dame, te lo ruego…¿Qué?
¿Qué? ¡Dilo!…¡Una máscara más! ¡Una segunda máscara!

Esa segunda máscara es lo que le queda al que emerge de las sombras, de lo nocturno, quien ha estado en contacto con lo sagrado, porque ya no encuentra lugar en el mundo. Otra poeta del continente cuya obra podemos emparentar con la de Hanni, Alejandra Pizarnik, pero cuyo otear en los abismos de la Noche fue mucho más visceral y constante, se pregunta en uno de sus lúcidos y terribles versos: "¿Qué máscara usaré cuando emerja de la sombra?" En su libro de ensayos sobre el alma poética Imágenes voces y visiones (1987) nos dice Hanni Ossott: "Frente a lo abismal de la noche, frente a lo espantoso de sus exigencias, la memoria ilumina. Ella nos enlaza y ata de nuevo al resplandor de lo diurno". Para ella la memoria cura, ilumina las sombras. Es precisamente lo que la diferencia de Pizarnik, en cuyos versos hay siempre o casi siempre un profundo y abismante presente, el lenguaje expresa en su pureza, en su excesiva claridad, un tiempo sin retorno, la vivencia incesante de la Noche, lo nocturno: "Ya mi noche no la mata ningún sol". En la obra de Ossott hay respiros, rendijas por donde entra la luz, es cuando ella se alberga en la casa de la memoria, recrea sus espacios, los recuerdos que la sostienen. Van surgiendo imágenes que podemos vincular con una memoria tanto personal como colectiva. Allí convergen recuerdos de infancia, pero también la historia humana, "No soy hija de la guerra, suspiro…/soy nieta", resuenan frases escuchadas, frases dichas, frases que podemos relacionar con imágenes oníricas, recuerdos de viajes, lo que retorna al presente como única dádiva de lo vivido, y así también hay deseos colocados en el porvenir. Buscando siempre responder esa pregunta que se repite como leit-motiv "¿Quién soy?". Hay una hermosa imagen que entresacaré en la que convergen la fusión con la naturaleza con esa imagen un tanto sombría del ya derribado muro de Berlín, pero que entonces, cuando fue escrito el poema, noviembre de 1985, aún se alzaba como imagen de separación, de guerra, de muerte:

¿Quién soy? Creo que soy una trinitaria encendida
una trinitaria fucsia
colgando sobre el muro.
He colocado mi florecer sobre el muro
para que sea más hermoso
para que se suavice
Quizá quiero ocultar u olvidarme
de esa piedra tan áspera. El muro.
El muro de Berlín.

Las imágenes que nos entrega el poema, la luz que nos arroja, no es la del "cuento de hadas"; cuando hablo de la memoria iluminando, recordemos que hago referencia a una luz en los predios de la Noche, de lo nocturno, esto lo atrapó bellamente en el diseño de la portada del libro el diseñador Luis Viano. En el poema en que nos hemos detenido especialmente "El país de la pena" nos encontramos una profunda reflexión sobre nuestro tiempo, que de manera reiterada evade la reflexión, nuestro vivir atropellado en loca carrera por alcanzar quién sabe cuál palacio "virtual", alejándonos de nosotros mismos, no sólo de nuestro yo más profundo, del cual estamos cada vez más desconectados, desenchufados, sino que ya ni siquiera atendemos las necesidades de nuestro propio cuerpo. Metido en ese ritmo incesante, que se parece a cierta música que escuchamos, pero esa musiquita está en nuestra mente, corre, ve, tienes que ser exitoso, tienes que ser "cool", allí difícilmente puede haber reflexión. Y a pesar de que hicimos referencia al inicio de estas líneas a cierto titanismo en esta aventura poética emprendida por Hanni Ossott en una noche alunada de 1985, quizá uno de los mayores logros del poema sea precisamente esa capacidad de golpearnos que tienen sus imágenes, por ser profundamente reflexivas. Este es un poema que tuvo que haberse ido haciendo en la autora, un poema de esta extensión y profundidad no puede ser un mero toque de Latona, un regalo de las musas, sobre todo si estamos hablando de una escritora que de manera constante se dedicó a la reflexión filosófica. Tal como lo expresa Rafael López Pedraza en su libro Ansiedad cultural: "Pero para que la reflexión suceda es preciso un mínimo de tiempo, y que este tiempo haga posible el tempo, la lentitud en que la reflexión sucede. Y ya esto es únicamente posible dentro de los confines de la naturaleza de cada cual".

Por otra parte el fervoroso, el que se adentra en la noche del alma, ama la luz, quiere ir sin embargo hacia la luz, así lo expresa la autora en la presentación de Imágenes voces y visiones: "La poesía es aún para nosotros un dominio de lo oscuro, pero el poeta ansía para sí claridad, también para los otros".


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