Poesía del Pensar *
Entrevista a
Armando Rojas Guardia

por Miguel Márquez

 

 

Si el templo de la poesía es la palabra, los poemas de Armando Rojas Guardia son formas arquitectónicas, trazados templados por la necesidad sonora, donde los volúmenes adquieren fisonomía por el ritmo y las piedras abundan, la dura consistencia de las rocas y los infinitos perfiles proliferan como genios. Brillos que en la oscuridad del alma nos regalan fasto y fiesta, reconciliación simbólica con zonas de nuestra psique que no lográbamos balbucear y que aquí, en sus poemas, vemos y leemos con renovada sorpresa y gratitud.

El esplendor y la espera (editorial Pequeña Venecia, 2000) es su libro más reciente, y para celebrar su aparición, la Dirección de Cultura de la Universidad de Los Andes, la Casa de las Letras Mariano Picón–Salas, el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, la Dirección de Literatura del Conac, la Maestría de Literatura Iberoamericana ULA y la Fundación Kuai–Mare del libro venezolano, unieron esfuerzos con el objeto de rendirle un homenaje a este poeta en la ciudad de Mérida.

Esta entrevista a Armando Rojas Guardia quiere darle la palabra a él para que nos hable, desde su perspectiva intransferible, de su libro.

Miguel Márquez: ¿Qué complejidad ofrece este libro con respecto a otros anteriores?

Armando Rojas Guardia: Este es un libro que escribí con gran esfuerzo y con una compulsión enorme que me obligaba a escribir todos los días durante meses. Inicialmente constaba de 30 poemas, que fui reduciendo paulatinamente a los catorce que aparecen en la edición definitiva de Pequeña Venecia. Yo considero que es mi mejor poemario, sencillamente porque creo que es lo que los alemanes llaman una "poesía del pensamiento", es decir, que imbrica lo mejor de mi visión poética del mundo con la textura de mis ensayos. Estoy sumamente complacido con la publicación del libro porque me costó mucho trabajo, mucho afán, mucho desvelo, por el inmenso trabajo que me supuso hacerlo.

MM: Dentro de esa mirada que tienes respecto a tu propio libro, como una poesía del pensamiento, ¿por qué el esplendor y por qué la espera?

ARG: Espera porque todo el libro está signado por la atención a la revelación, bien sea de lo cotidiano, bien sea de Dios, bien sea del deslumbramiento ante la vida. Espera porque todos los poemas viven en ese libro como aguardando la fulguración del instante donde se autorrevela el cosmos y también su Creador. Esplendor es el otro binomio semántico del título, sencillamente porque esa autorrevelación del cosmos o de Dios, que todo mi trabajo poético en este libro aguarda, es eminentemente extendente, es decir, hay una manifestación de la cadencia del ser que a mí me atrae llamar esplendor.

MM: Como escritor, eres un testimonio de lo que ha sido la búsqueda consciente de la articulación de una manera de estar en el mundo, reflexiva, consciente, lúcida, pero escribes un poema como "El libro contra la sospecha", donde la lucidez no es el valor fundamental ni primordial, no es lo que te guía como valor primario. ¿Qué hay cuando se toma una distancia con respecto a la lucidez, adonde se llega por este camino?

ARG: Yo digo en este poema, que es lo último del libro, que la lucidez es el último ídolo y el más útil. Me refiero a la lucidez del siglo XX, signado por la impronta de los grandes maestros de la sospecha, es decir, Marx Freud, Nietzsche. La lucidez que significa el desmontaje de lo ideológico, lo superyoico, del resentimiento, la voluntad de poder debilitada –según Nietzsche– conduce a un hipercriticismo tan radical que se muerde la cola. Es una especie de uroboro sumamente cerrado sobre sí mismo, y creo que la lucidez del siglo XX, siendo tan monstruosamente hipercrítica –me refiero a la lucidez intelectual y a la lucidez vital– puede conducir al abandono de otros conoceres, de otras texturas en el conocimiento humano que nuestra lucidez del siglo que acaba de terminar bloquea.

MM: ¿Crees que uno de esos saberes que bloquea el hipercriticismo es la mística? ¿Cómo incorporamos el misticismo en un mundo como éste tan ajeno y tan alejado del sentimiento de lo sagrado? ¿Cómo es posible reconciliarlo místico, el sentimiento de lo sagrado en un mundo tan prosaico?

ARG: La experiencia de lo sagrado es una experiencia inalienable. Instaura un tipo de conocimiento vivencial que el otro conocimiento propulsado por la lucidez hipercrítica pretende destruir. Pero ya Wittgenstein nos había dicho en el "Tractatus" que todo aquello que el lenguaje no puede asir, es decir, todo aquello que es indecible, es precisamente lo mismo.

Por supuesto me refiero a una mística contemporánea, no es la mística reproducida a calco de un San Juan de la Cruz o de una Teresa de Ávila, que vivieron en el siglo XVI sus grandes vivencias místicas. La mística a la que ahora me refiero es una mística dentro de una civilización que tiene ya muchos riesgos de una cultura poscristiana. La mística en la que yo creo es una suerte de vivencia de lo sagrado desde la entraña de un conocimiento inefable del ser. Esa experiencia mística es una especie de captura de lo esencial para la vida del hombre.

MM: Y dentro de la vivencia de la mística y del sentimiento de lo sagrado también ha estado siempre en ti la conciencia del tú como un valor fundamental de tu reflexión cristiana, reflexionas el tú, sobre el otro, que nuestros países adquieren el rostro de los oprimidos. ¿De qué manera está presente esta reflexión en este, tu último poemario?

ARG: En éste hay una experiencia radical de la alteridad asagrada que nos constituye en cuanto sujetos. En toda mi poesía y en mi obra ensayística yo he tratado de desplegar la experiencia radical del otro como un dato insoslayable de la propia conciencia. Es decir, creo que no puede darse una conciencia adulta dentro de la mismidad del yo entendido como una especie de espacio clauso, cerrado, que tenga bloqueado el sentido y el sentimiento de la alteridad. Creo que es ese el mensaje de Jesús de Nazareth, tomando lo esencial de él. Por supuesto que la experiencia radical del otro nos conduce a la vivencia de nuestra vinculación con los oprimidos, porque sencillamente donde el otro se expresa más desnudamente como otro que juzga e interpela la mismidad del yo, es en el pobre y el oprimido.

MM: En algunos poemas la presencia de la naturaleza se da de una manera. Poemas como por ejemplo "Donde está el jardín", "Mandala" o "John Coltrane". Entre la vivencia de la naturaleza, que explica por ejemplo tu cercanía a una ciudad como Mérida, y también tu pasión por el jazz, que es una música emblemática de la ciudad, ¿cuál es el diálogo que establece en tu poesía?

ARG: En todos mis libros aparece muy poco la naturaleza, salvo en este último poemario, donde sí hay una especie de experiencia de lo natural como en los poemas "Mística de árbol" o en "Dios es pequeño", porque mi preocupación ahora gira en torno a la vivencia de lo sagrado en el plano cósmico, en el plano de nuestra captación del universo. Estoy en Mérida, cercado por inmensas moles montañosas, y me siento a veces en una especie de levitación galáctica al andar por las calles y ver la Sierra Nevada, por cuanto vivo y padezco la percepción de lo natural radical entre estas calles. Tu citas el poema "John Coltrane", que es un poema sobre el sentido del cuerpo, del propio cuerpo humano en el jazz. Quiero decir que esa especie de contraposición entre lo natural y la cultura, porque el jazz, por supuesto, es un producto entrañable de la cultura universal, esa bipolaridad entre lo natural radical y lo cultural radical deben resolverse en la conciencia de que tal disparidad no existe, porque lo más radicalmente cultural nos conduce a la necesidad, a lo cósmico natural y viceversa.

* Publicado en El Universal, 10 de diciembre de 2000


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