Cuestionario a las más resaltantes gerencias culturales
elaborado por Stefania Mosca

 

Antonio López Ortega es conocido como escritor. Sus ensayos y narraciones ocupan un lugar privilegiado en la literatura venezolana. Pero, además, en Antonio López Ortega se fusionan, sin desmerecerse mutuamente, el creador y el gerente.

Su labor en la proyección, difusión y manejo del producto cultural ha sido no sólo exitosa, sino modélica. Sus premisas dejaron huella en Alfadil, en Fundarte, en el CELARG o en el CONAC. Desde la Fundación Bigott ha llevado a cabo la prodigiosa tarea de rescatar el folclor venezolano libre del estereotipado y empobrecedor nacionalismo que lo aquejaba.
Logros como el Diccionario de Cultura Popular, los talleres Bigott y los cantos de los Vasallos del Sol han conseguido, gracias a su gestión, poblar efectivamente nuestro territorio y rebasar sus fronteras.
Estas son razones suficientes para convocarlo a nuestro Sondeo Kalathos 2001.

 

1- ¿Es posible en el mundo actual, o digamos más bien en el orden horizontal y expansivo que nos proponemos, la planificación? ¿Cuál el sentido único, la cuenta a seguir? Muchos visualizan más precisamente una partitura. El concurso de varias voces y voluntades (de buenas voluntades hablo), con espacio para la improvisación (en cuanto a creación, claro) pero con el mismo propósito hacia la melodía, hacia la misma música, hacia una misma obra interpretable...

La pregunta presupone la dificultad de una convivencia: la de la planificación con la creación. Sin ánimo de entrar en consideraciones filosóficas mayores –como la de dudar de la noción de progreso–, diría que sí es posible la planificación. Planificamos en mayor o menor grado y diría que hasta el creador planifica (en el ámbito de su obra, se entiende). Definamos planificación como la herramienta conceptual que tenemos para imaginarnos en el futuro. Obviamente, en el campo de la producción artística o de la gerencia cultural, el sentido de planificación es esencial. Y diría más: una de nuestras mayores carencias como gerentes culturales es nuestra incapacidad para planificar.

2- ¿Cómo evitar la manifestación del personalismo cuando en una misma gestión se mantiene una misma persona, su firma protagónica y señera por décadas? ¿Cómo combinar la excelencia de una gestión, la de Sofía Imber en el Museo de Arte Contemporáneo, por ejemplo, con la proyección personal a través de la institución? He allí el dilema. En la competitividad, a veces, sólo se halla inconsistencia y crueldad. Ese pensar que cualquiera es sustituible... Puedo fácilmente ponerlo en duda. Cunden los ejemplos...

Los personalismos advienen cuando la dimensión institucional es frágil. No es sólo una constante de nuestra dinámica cultural sino también de nuestra historia patria. Tenemos que admitir que muchas instituciones se han sostenido en el tiempo gracias a sus fundadores o gestores pero esto es también muestra de que el personalismo domina la escena por encima de las instituciones (que es el reflejo colectivo). Lo ideal, lo procedente para tiempos futuros, es el fortalecimiento institucional. En cuanto a la proyección que estos personalismos han tenido, creo que es una consecuencia inevitable del buen hacer. Celebramos cuando la gestión es eficiente y certera pero nos horrorizamos cuanto el personalismo se traduce en abuso o despropósito.

3- Sostengo, desde hace mucho tiempo —y sin ningún éxito—, que los criterios del mercado son insuficientes al momento de visualizar una gestión cultural. La cultura es un bien común, debe privar en ella, como priva en la ecología, una noción extensa (y extensiva) de beneficio. No sólo el mayor rendimiento, sino el mayor rendimiento en el tiempo, en la persistencia de los gestos y los nombres de generación en generación. Preservar el planeta y preservarnos. Un bien común desde ese punto de vista, es decir, el Ávila por ejemplo, es igual a nuestra música, a nuestra lengua, a nuestra cultura. Es un bien común. Todos los venezolanos tenemos derecho a beneficiarnos de ella. Si queremos o no queremos, ése es otro cantar, pero la cultura debe estar al alcance de todos y no por ello pervertir, en base a unas leyes del mercado, sus contenidos. No es banalizar o tipificar nuestra expresión cultural lo que garantiza el acceso a la cultura. Cualquier elemento que altere los contenidos es perverso. Ninguna forma debe prevalecer sobre un contenido y viceversa: es el requisito del arte en todas sus manifestaciones. Desde esta perspectiva y muchas más, la cultura no es el problema de un sector, sino una riqueza a la que todos debemos y podemos acceder puesto que nos pertenece. Son míos Reverón y Teresa Carreño, Soto y Ramos Sucre. Son míos, me pertenecen, son mi valor. Mi contenido. Esas formas que aportamos al mundo real los creadores son las que sostienen la memoria, y por ende, la existencia de los pueblos. Y ese tampoco es el problema de un sector sino del país y de cualquier proceso que viva la nación.

Creo que la pregunta se responde en sí misma. Por supuesto que el mercado es insuficiente para explicar la gestión cultural. Diría incluso que nunca es intrínseco al proceso artístico sino absolutamente periférico y consecuencial. El mercado actúa siempre a posteriori. Es una herramienta de promoción, de comunicación y, por supuesto, de valoración. El punto está en reconocer que, hoy en día, por la misma fuerza que tiene, pueda el mercado condicionar la creación artística y determinarla. En este caso, se produciría en función del mercado y no de la pulsión artística. Son tendencias con las que convivimos. Pero la historia del arte ha demostrado suficientemente cuán capaz es de desechar estos subproductos . El gesto artístico sigue anteponiéndose a la herramienta del mercadeo y cualquier reversión de este proceso iría contra la propia esencia humana. El alma sigue siendo una dimensión inatrapable por el mercado.

4- Para usted la educación, ¿cómo debe proyectar a la cultura? Mi hija está en cuarto grado y aún nadie le ha enseñado quién es Reverón o Tito Salas, Juan Bautista Plaza o Quintana Castillo, Rufino Blanco Fombona o Teresa de la Parra. Tampoco ha leído los ensayos de Bello ni conoce su gramática. Y todo eso nos pertenece. Tenemos derecho a ello. Cómo abatir el símil o resonancia (un tanto macabra) que se siente entre los términos educación y adoctrinamiento?

La cultura debería proyectarse educativamente tal como ella misma se proyecta: desde el sentimiento hasta el sentimiento. Puede más un concierto de orquesta en vivo que la visión de una partitura, puede más la visión de "Miranda en La Carraca" que las frases trilladas de un manual escolar. Con esto quiero decir que la expericiencia directa con la obra es esencial. Después puede venir lo demás: procedimientos, sistemas, apredinzajes. Nuestro fracaso tiene que ver con las maneras y con la falta de pasión. Lo cultural debe vivirse en carne propia para transmitirse debidamente. Y ya sabemos la poca disposición de nuestros maestros. De manera que, en este punto, el camino por recorrer es largo. Sobre la resonancia entre educación y adoctrinamiento, bastaría decir que lo segundo ni siquiera entra en la concepción de lo educativo. El adoctrinamiento crece a sus anchas cuando las sociedades son débiles de juicio y cuando el personalismo invade toda la escena colectiva al no encontrar la resistencia que debe oponer la opinión pública.

5- Paradójicamente, en muchos casos, y hasta en su gran mayoría, los gestores culturales, los educadores y los mediadores, en general, no conocen la cultura venezolana (acaso tampoco tuvieron acceso). Y no hablo del folklore, sino de nuestro modo de pensarnos, nuestra historia, nuestra fabulación, nuestros confines. ¿Quién educa al educador? ¿Quién al alumno? ¿Qué debería leerse? La educación no sólo es un plan nacional, son contenidos, formas de la excelencia para el mañana.

En general, las grandes mayorías (educadores incluidos) desconocen la cultura venezolana. Lamentablemente, no somos una sociedad ilustrada y los esfuerzos para revertir esta situación, lejos de fortalecerse, se desdibujan. Las formas cultas se desconocen y el único estrato que nos queda son los valores de las llamadas culturas populares (también pervertidos y atrofiados en muchos casos). El problema es complejo porque nos cuesta reconocer que, por ejemplo, más conductas debe de estar moldeando "Sábado Sensacional" que nuestros métodos formales de enseñanza. La educación quizás ya no resida en la escuela sino en la calle, en la televisión o en Internet. Espacios abiertos y no cerrados, discursos plurales y no la univocidad del maestro. En este sentido, la formación dependerá de la sociedad misma. Pero qué decir cuando la sociedad no construye valores de convivencia, cuando está desvalida de sí misma. El gran aprendizaje de estos tiempos es que la escuela está agotada y que sus métodos son anacrónicos frente a los de otros aprendizajes. O la escuela incorpora a la calle (con todas sus secuelas) o se convierte en una librería de antigüedades. El salto parece difícil (por no decir imposible) pero la situación actual nos conducirá a pérdidas cada vez mayores. En este punto, el papel de la cultura es esencial en cuanto a creación de sentido, de pertenencia, de valores. Pero su diálogo con los procesos educativos, ya lo sabemos, es inexistente. Construir ese puente es tarea de todos.

 

 


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