María Eugenia Arria es hoy por hoy una de las figuras de la plástica cuya propuesta, muy vinculada a la visión zen, le dan un perfil único. Su búsqueda de ese misticismo, ligado a la orientalidad, se desarrolla a través de una evolución que ha pasado por diversos formatos. Con motivo de su exposición Entre-líneas, en donde se evidencia ese carácter zen de su obra, Artemis Nader y José Antonio Parra nos acercamos a entrevistar a esta artista y así poder conocer, a través de su propia voz, experiencias e impresiones sobre diversos aspectos de su vivencia estética. Artemis Nader: En tu nuevo trabajo, está muy acentuado el movimiento...
A: ¿Esta evolución ha sido producto de una conmoción o más bien es síntesis de todo? M: Yo creo que es como una síntesis de lo que estuvo pasando en mi proceso evolutivo. A: ¿También el tamaño ha sido tomado en cuenta en esta evolución? M: ¡Claro! El tamaño era una cosa que me lo exigía el espacio, que además es un espacio reducido. Para mí fue un reto porque lo que me interesa es trabajar a escalas grandes. Ahora voy a meterme con una escala más pequeña y voy a reducir, voy a trabajar en esa escala reducida y esto también ha surgido de una motivación muy personal. En este sentido la madera ofrece ventajas apartes de esa rica sensación del corrosivo sobre la madera, el cual es muy diferente a la del corrosivo sobre la tela o sobre el papel. Así logré una sensación de lo sólido, de algo frágil, que no tenía que ver con las cosas mías anteriores. A: En ello hay presente una experimentación con distintos elementos... M: Distintos materiales, porque con todos los materiales tú puedes hacer cosas, depende de que tú escojas bien el material, todo te lo permite... A: ¿Y esta búsqueda se dirige hacia lo complejo o lo sencillo?
J: Uno de los tópicos presentes en tu obra tiene que ver con la imaginería del embrión, ¿hacia dónde se dirige esta búsqueda? M: Lo del embrión fue hace mucho tiempo, de hecho el embrión fue una época hacia los años 84-85, luego, en el 86, se hizo un óvalo destruido. Para resumirte un poco mi evolución, la primera etapa consistía de unas mujeres envueltas en vendas que luego desaté. Luego comencé a trabajar las amarras y cada vez en una mayor escala hasta que me topé con una propuesta muy abstracta, se desataban las amarras y apareció un colorido cargado de pasteles y negro. Después pasé a lo que llamé umbrales y posterior a ello comencé con la pintura, una serie que era muy libre, que era la línea de movimiento expresando la libertad de la línea misma. Luego empecé a fundir el color de modo que se producían vibraciones de color. J: Pero fíjate, tú primero destruyes ese espacio que estás consiguiendo y pasas a otra dimensión. M: Sí, es otra dimensión, partiendo del color. J: Esa búsqueda del color tiene una vibración que es como una analogía del tiempo. M: Sí, puede ser y de hecho yo creo que precisamente hay un retomar del tiempo. J: ¿Esa es la simbología del espacio? M: El espacio siempre fue necesario, de hecho siempre estuve trabajando en grandes espacios. Además en este contexto, siempre hubo como un movimiento corporal, logrado a través de la huella del trazo. Siempre hubo una distancia del plano y un afrontar el plano, primero con la línea en el dibujo y luego la época en la que apareció la serie de triángulos. Yo borraba mucho. Utilizaba el borrador para darle claridad al dibujo y después era cuando realmente utilizaba la línea. J: ¿Y en cuanto al tiempo, cómo lo percibes? M: De mí fluye lo que tú llamas tiempo y de todo fluye, de todos los seres vivientes. A: ¿Cómo te amoldas a la realidad física de las galerías en relación a los formatos tan grandes que usas? M: Necesito un formato que me permita corporalmente expresarme. Yo creo que el dibujo o la pintura no es solamente una reflexión; es también un punto a nivel de la mano, del brazo, de la huella, es un ejercicio físico enorme que inevitablemente pasa tu cuerpo.
Fotogafía © José Antonio Parra [ Home
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