| In God We
Trust, obra pendular |
Jesús Fuenmayor
|
(La descripción)
Para
el primer montaje de esta obra, su autor José Antonio
Hernández-Diez, dispuso que la habitación
estuviera a oscuras excepto por el resplandor de un monitor
y una proyección de video. En el centro del espacio
descansaba una estructura piramidal de aluminio cuya parte
superior es traslúcida y deja ver un monitor con
la pantalla dirigida hacia la entrada. Las imágenes
del video son una secuencia de ojos de distintas personas
superpuestos, por efectos de montaje, sobre la edilicia
corporativa caraqueña recortada a su vez en forma
de pirámide. Desde su interior imágenes
documentales de los saqueos sucedidos en Venezuela en
febrero de 1989, se proyectan en la pared de fondo de
tal manera que podemos ver las imágenes del monitor
y de la proyección simultáneamente. La obra
es una síntesis formal casi literal de la figura
masónica inscrita en el billete americano de un
dólar. Esto, a manera sucinta, es lo que los espectadores
se encontraban la primera vez que la obra In God We
Trust estuvo instalada en el año 1991 en los
espacios de la Sala RG de Caracas.
In God We Trust es tanto una obra que pertenece
a una serie así cómo una clave muy significativa
para la historia reciente del arte contemporáneo
en Venezuela. Como parte del proceso que llevó
al artista a la realización de esta pieza hay que
señalar, en primer lugar, que la obra se puede
considerar como parte de una serie que él mismo
decidió llamar Nueva Iconografía Cristiana1.
Utilizando un lenguaje que de inmediato se reconoce en
el arte de avanzada, Hernández-Diez produjo un
conjunto de obras entre las que se encuentra una cuyo
sincretismo no escapa a la interpretación de Luis
Ángel Duque: "En Sagrado Corazón Video
[1991] Hernández-Diez invoca el icono tradicional
del corazón palpitando fuera del pecho de Cristo
y lo funde al símbolo de la cruz, unificando ambos
conceptos en un solo volumen2. A esta serie
se suman el Sagrado Corazón Activo, 1991,
una versión del video en la que se pone a la disposición
del arte todo el arsenal médico para la resucitación
de un corazón animal; San Guinefort, 1991,
el perro callejero embalsamado en su cripta de canonización
científico-religiosa; así como El Resplandor
de la Santa Conjunción Aleja los Demonios,
1991, una caja de luz monumental que hace coincidir el
trance religioso con los ardides publicitarios. Todas
estas piezas invocan la presencia de un poder superior,
al igual que sucede con algunas obras de su más
reciente producción: muebles mordidos por una dentadura
gigante, uñas postizas monumentalizadas a la dimensión
de lo escultórico (metáforas de un lado
escabroso de lo femenino) o aquellos retratos fotográficos
de juguetes mordidos aumentados desproporcionadamente
que terminan recordando figuras del dramatismo expresivo
de un Bacon.
Además de ser In God We Trust una obra
inseparable del conjunto de una investigación,
es en buena medida una clave para la historia del arte
local porque fue realizada en un momento en el que ningún
otro artista dio muestras de tener la inusual capacidad
para responder a esa impresión fugaz que los medios
dejaron de los saqueos3. Una impresión
que pudo ser recogida en mayor detalle por la memoria
todavía más frágil de quienes están
bajo el influjo mediático internacional, porque
en el ámbito nacional muchas de estas imágenes
fueron censuradas por un gobierno que intentaba así
impedir la invitación a los devastadores saqueos.
Son esas escenas que irónicamente pudieron verse
más exhaustivamente fuera del país, las
que dejan hipnotizadas al grueso de las audiencias locales
que han visto la obra4.
Puestas
a circular en medio de ese caos en el que nada le pertenece
a nadie, las cintas de los videos censurados llegaron
providencialmente a las manos del artista. El vínculo
de aquellos saqueos con las medidas neoliberales del nuevo
gobierno se transluce en la obra cuando en su interior,
en el mismo monitor que reproduce al ojo omnipresente,
se convierte a las edificaciones corporativas (privadas
y públicas) en figuras piramidales. Dios y corporación
actuando como uno en su enfrentamiento a la masa enardecida.
I
(El contexto artístico local)
El 27 de febrero de 1989, casi simultáneamente
a la caída del muro de Berlín, se suceden
en Venezuela estos saqueos que se han convertido en el
antes y el después de esta pequeña república
con frente al Mar Caribe. Una de las repúblicas
invisibles al menos en los términos en que Roberto
Guevara (crítico y curador venezolano, 1937-1998)
se refería a la invisibilidad de la parte del continente
que nos concierne. "Es posible", decía
Guevara "que los europeos nunca hayan visto América".
Una invisibilidad encarnada en la acción enceguecida
por la luz tropical de nuestra máxima figura del
siglo XX, Armando Reverón: "Es posible",
para decir con la frase de Guevara lo que la pintura de
Reverón reclama, "que los americanos nunca
hayan visto América".
Porque de espaldas al país como estaba el arte
en Venezuela5, tuvo éste en la obra
de Reverón un bastión único que aún
hoy, medio siglo después de su muerte, se puede
postular como cuestionamiento a la desmesura de un proyecto
moderno que se implantó sin medir las consecuencias
de cómo se desencadenan los procesos culturales.
Esto fue lo que vino a conjugar la obra de José
Antonio Hernández-Diez: mitad crónica de
nuestra versión social de la caída del muro
y mitad obra de inspiración cosmopolita.
Esta contraposición exige una aproximación
cuidadosa a la complejidad de los procesos desde los que
la obra surge. Cuando se indica, por ejemplo, una ausencia
de compromiso histórico, se está señalando
la tendencia general de una producción artística
cuando tiene que lidiar con unas contradicciones específicas
al contexto venezolano6. Sin pasar revista
a los academicismos del siglo XIX, se puede acordar que
un paisajismo seudo impresionista a pesar del valor didáctico
que tuvo, no puede ser postulado como la referencia obligatoria
de todo aquel artista que quiera especular sobre las condiciones
específicas de producción. Existen aportes
singulares que se pueden reseñar pero, en general,
con ninguna de las tendencias predominantes7
se podría afirmar que exista una relación
paradójica, un reconocimiento de las dificultades
del arte para interpelar las particularidades de su contexto.
Por el contrario, estas tendencias sobre las cuales se
ha construido el frágil andamiaje de la historia
de nuestra producción, manifestaban, cada una a
su manera, la firmeza de estar respondiendo a unos determinados
valores culturales. Somos modernos porque somos un país
sin un pasado relevante o somos paisajistas porque Colón
nos llamó Tierra de Gracia, podría ser una
manera de sintetizar estas dos posturas.
Una
bipolaridad reflejada en In God We Trust cuando
desencadena en su recepción dos tipos de reacciones:
del asombro estético al recuerdo de una memoria
enferma. El asombro estético es una respuesta que
puede homologarse a lo sucedido con el proyecto constructivo,
un proyecto que comenzó pensándose como
una nueva forma de comprensión de la realidad para
luego declinar hacia lo decorativo anulando así,
en un proceso equivalente al descrito por Nelly Richards
al hablar de la absorción de las resistencias por
los centros, su potencial transgresivo. Una memoria débil
y esquizoide de una sociedad que no hace ningún
reclamo por recuperarla pero se entrega contemplativa
al triste espectáculo de las terribles imágenes
de los saqueos cuando, a hurtadillas, se infiltran entre
la lírica del paisaje, la figuración o hasta
en la propia abstracción que acompañan el
recorrido institucional por nuestra historia del arte.
Ha sido ésta una de las constantes más
determinantes que rigen la relación entre arte
y sociedad en Venezuela, impermeable a contradicciones
como la de un desarrollo moderno que no sabe reconocer
las resistencias estructurales que se le oponen o aquella
otra contradicción enunciada en el eterno retorno
a la naturaleza que en el arte venezolano se podría
llamar "paisajismo originario", postulando la
imposibilidad de un proyecto moderno, muy distinto al
paisajismo visionario reveroniano. El originario,
promoviendo una supuesta resistencia cultural, el visionario
ampliando los horizontes de la llamada modernidad. Uno
como fórmula simplista para combatir el nihilismo
encarnado en el cosmopolitismo imperial, proclamando la
vuelta a las raíces. Reverón, por su parte,
encontrando el universo en el sótano de la casa8.
Esta rigidez en la relación entre recepción
y producción, ha afectado tradicionalmente las
posibilidades de transgresión de nuestras vanguardias
locales. La misma reaccionaria respuesta a todo intento
de renovación artística reflejada, por ejemplo,
en la que nuestra Iglesia católica ofreció
en ocasión de un planfleto publicado por el colectivo
El Techo de la Ballena con textos de Breton, Lautrémont,
Lenin, Joyce, Blake, Stendhal, Shelley, Picabia, Nietzsche,
Sade. "Si Dios no existe todo está perdido"
era el titular del remitido9 en el que la iglesia
ataca a los artistas miembros de este colectivo asociado
a los ideales de transformación social de los 50
y 6010.
Una de las frases con las que la Iglesia embestía,
decía: "Se ha querido pisotear nuestra fe;
se ha querido sembrar la confusión a través
de la disgregación de sus principios; se quiere
confundir a nuestras almas". La misma Iglesia que
en la encíclica Centenaria de 1991 enmienda las
arengas contra el comunismo y el capitalismo, aceptando
el modelo de desarrollo social que este último
dispone. Memoria impositiva la de la Iglesia, como apunta
Eduardo Galeano: "En general nuestros países,
que se ignoran a sí mismos, ignoran su propia historia.
El estatuto neocolonial vacía al esclavo de historia
para que el esclavo se mire a sí mismo con los
ojos del amo"11.
El olvido es una de las claves de In God We Trust.
Se olvidan de la obra los que sólo se sumergen
en el triste recuerdo de los saqueos. Se olvidan de esta
historia quienes sólo parecen reconocer el talento
individual de un artista. El eje a través del cual
In God We Trust hace un balance de estas dos posibilidades
es el espacio liminar de la proyección de video.
La obra separa su instancia escultórica de su instancia
documental, por lo que el espectador, al rodearla, interrumpe
la relación que el artista ha establecido. A esta
obra habría que calibrarla justo allí en
el momento en el que no es ni registro documental ni escultura
de vanguardia, en esa frontera en el que la escultura
dispara la proyección de los documentos sobre una
pared, un espacio que ni niega ni afirma su condición
de producto artístico ni su potencia de penetración
en la relación con la matriz social, dejando al
espectador esa decisión que al arte se le reclama.
II
(El panorama general)
In
God We Trust emerge en medio de fracturas tanto en
las narrativas sociales como de la historia del arte locales
hasta entonces dominantes pero, confrontada con las fracturas
narrativas que engloban tanto a las condiciones de producción
local como a las foráneas, la aprehensión
de esta obra es aún más difícil.
Dentro de un panorama más amplio, la obra demanda
un acercamiento particular a la relación entre
arte y sociedad. Es de todos conocido que existe una enorme
cantidad de mitos alrededor de esta relación entre
la producción artística y la sociedad donde
se escenifica. Está, por ejemplo, aquella visión
marxista ortodoxa: para crear una sociedad donde el arte
pueda florecer hay que utilizar medios que no son obviamente
artísticos, visión muy cercana sin duda
a la de su revés burgués cuando éste
lo reduce al universo decorativo, dos posiciones frente
a las cuales In God We Trust no se puede descifrar.
De ningún modo pertenece a ese capítulo
que, desde la instauración de la idea que aspiraba
a separar lo formal de su contenido como secuencia historiográfica
a seguir, ha dominado sobre las narrativas de la producción
no sólo artística sino cultural contemporánea.
En estos procesos han jugado y seguirán jugando
un papel decisivo nuestras herencias culturales. El potencial
de cambio social de las utopías siempre ha creado
más expectativas entre quienes, como bien ha señalado
Néstor García Canclini, este cambio sería
más estructuralmente complejo. In God We Trust
participa de esta discusión. Usufructuándolo
a distancia, se trata de un signo masónico al que
Hernández-Diez toma de la imagen del billete de
un dólar (Dios arquitecto del Universo, eslogan
de las logias masónicas) como parte de su serie
que propone una Nueva Iconografía Cristiana. Esa
capacidad para nombrarlo todo, esa confianza en la eficacia
de una síntesis del lenguaje, propia de aquellas
culturas en las que el influjo eclesiástico se
mantiene fracturado, crea unos espacios de discusión
donde las posiciones están más nítidamente
definidas. Sincretismos como el católico exigen,
en cambio, un lenguaje elíptico, una flexibilidad
estructural desde el análisis que la tautología,
en su rigidez taxonómica, no permite. La movilidad
estructural del lenguaje esta encarnada en esa suerte
de matrimonio entre contenido y forma que estudia la semiología
y que sería la herramienta más apropiada
para acercarnos a la obra de artistas que como Hernández-Diez
no buscan dirimir sus investigaciones por medio de aquellos
recursos que una cierta vanguardia nos legó.
Para ilustrar esta diferencia, dos versiones de lo que
fueron las vanguardias de los 60 resultan de utilidad.
Por un lado, la versión "dura" del conceptualismo,
representada por Joseph Kosuth. Por otro lado, una versión
del activismo pasional de un artista y poeta venezolano
cuya obra ha tenido muy poca trascendencia, incluso localmente.
Kosuth encarnando al tautólogo como lo deja asentado
en un texto de proverbial difusión: "Works
of art are analytic propositions. That is, if viewed within
their context as art they provide no information
what-so-ever about any matter of fact. A work of art is
a tautology in that it is a presentation of the artists
intention, that is, he is saying that a particular work
of art is art, which means, is a definition
of art. Thus, that it is art is true a priori (which
is what Judd means when he states that if someone
calls it art, its art)"12.
El poeta venezolano Caupolicán Ovalles13,
en cambio, escribió en 1961 unos versos que lo
obligaron a recluirse en el exilio. Una de las estrofas
de Duerme Usted Señor Presidente, decía:
El Presidente vive en su palacio
come más que todas las naciones juntas
y engorda menos
por ser elegante y traidor...
se cree el más joven
y es un asesino de cuidado
Nadie podría decir
cual es su gesto de hombre amado
porque todos escupen su signo
y le dicen cuando pasa:
"ahí va la mierda más coqueta".
Tampoco se trata, en el caso de In God We Trust,
de medir las posibilidades de la traducción a un
lenguaje lo que la sociedad está reclamando. Ya
ha sido sugerido que esta sociedad no demanda del arte
una capacidad para promover respuestas críticas
sino una habilidad para facilitar la evasión, justificando
este proceder como una forma de resistencia cultural.
Aunque los máximos exponentes de la potencialidad
del arte para hacer esta traducción, los constructivistas
rusos, son sin duda una referencia entre nosotros significativa14,
un momento de las vanguardias sobre el cual hay que seguir
reflexionando, In God We Trust no es el Monumento
a la Internacional Socialista de Tatlin15.
Es una obra entre aguas, en conflicto con la problemática
abordada, a la que hay que observar pensando en que la
noción de límite que plantea es un espacio
en sí mismo.
III
(El contexto político)
1989.
Mientras en Berlín cae el muro, en Venezuela se
producen actos de brutal vandalismo en protesta por las
medidas neoliberales tomadas por el gobierno. Mientras
allá el límite se convierte en un souvenir
para tener un trofeo que mostrar a los amigos, acá
el límite implica arriesgar estúpidamente
la vida para cargar un refrigerador, subiéndolo
a cuestas por escaleras de cincuenta pisos. Mientras allá
se trata de un pequeño pedazo de piedra artificial
que con suerte tendrá un fragmento de colorido
graffiti por uno de sus lados, acá el riesgo podía
significar perder un miembro al romper una vitrina.
Allá, con la caída del muro, una sociedad
puede reconciliarse consigo misma, como rogaban que ocurriera
los cánticos del neo-expresionismo alemán.
Acá la fecha quedó inscrita, entre muchas
otras decepciones, en la definitiva ruptura con el orgullo
de ser una nación petrolera: la miseria puesta
al desnudo ante los ojos del mundo. Una vez más,
un arte en trance telúrico viendo cómo la
tierra se le escurría entre los nudillos no puede
entender lo que sucede, concentrado como está en
producir una versión transplantada de la vuelta
a las raíces del neo-expresionismo alemán
y genuflexiones afines.
Paralelamente a la caída del muro, la debacle
local incluía un aspecto que no era exclusivamente
pertinente a lo social. Vino acompañada por la
anulación de nuestra historia que sería
ahora vista a través de las mismas consideraciones
que otros países de escala y alcance similar tendrían
que aceptar en el nuevo orden mundial: las consideraciones
que trajo consigo la irrupción del canon post-colonial,
aboliendo ciento cincuenta años de la noche a la
mañana para poder ser atendidos en el mismo contingente
de los que adquirieron en la lavandería de culpas
su herencia cultural.
La
relación de In God We Trust con este contexto
es muy particular. En su condición de obra no toma
partido por alguna posición. Es una propuesta un
poco entretenida consigo misma pero sólo lo suficiente
como para no derogar el diálogo. Se señala
como lo haría si fuese una tautología, pero
no para inflamar la proveniencia de su propia subjetividad.
Se señala a sí misma más bien, como
lo haría Duchamp, para no entregarse a la posteridad,
para mantenerse viva. Tampoco es una consigna que intenta
penetrar en el lenguaje coloquial, para depositarse en
los resquicios de unas políticas narcisistas. No
quiere contribuir a esa historia absurda que se empeña
en describir y analizar unos procesos en la enunciación
de unos logros individuales. A pesar de la emoción
que produce, se mantiene distante. Es una manifestación
elaborada de cómo los equilibrios no son consecuencia
de tensiones que se restan sino de las que se multiplican
entre ellas. No es resistencia cultural ni entrega benevolente
a otros designios. Se construye en un límite, preciso
e indefinible a la vez.
Su dominio es la ambigüedad. Asimila, por ejemplo,
esa relación afectiva con lo industrial, típica
de una sociedad que quiso hacer la revolución del
proletariado con campesinos (sin clase obrera!). A pesar
de la fascinación manipuladora que ejercen los
recursos electrónicos que la protagonizan, su estructura
corporal luce más bien endeble, llena de costuras
artesanales. Acepta la paradoja del objeto único
de reproductibilidad mecánica sin ninguna de las
estridencias que generalmente vienen en el mismo paquete.
Se le puede reconocer tanto en las inserciones en circuitos
ideológicos de Cildo Meireles como en la procedencia
dadaísta y surrealista de las primeras vanguardias
latinoamericanas. Le pertenece tanto a la historia del
arte como a los que la niegan. Es tanto de la vigilia
como del sueño, tanto de lo estético como
de lo que no quiera serlo.
Es sobre todo una manera de pensar que no debemos renunciar
a la movilidad cultural de nuestra condición. Es
ese su rasgo más subversivo, manifestado en el
eje liminar en el que pivotan todos estos relatos que
la circundan.
Caracas, 2000

1 La
efervescencia de la discusión teológica
a la vuelta de los 500 años de América inquietó
a Hernández-Diez. Por esa época, las propuestas
como las de la teología de la liberación
infiltraron decididamente su planteamiento. La prueba
más clara nos la ofrece su obra Fray de las Casas,
1990, una maleta con la silueta de las que se usan para
trasportar equipos electrónicos de música
transformada en cruz cristiana y con el nombre del célebre
franciscano inscrito en su cara anterior.
2 En el catálogo de la exposición
individual del artista, San Guinefort y otras devociones,
Sala RG, Caracas, 1991, p. 11.
3 La serie Propiedad privada de
Meyer Vaisman así como su conocido rancho, Cámara
Lúcida del chileno Alfredo Jaar, Actos repentinos
de violencia, de Carlos Julio Molina, son algunos
de los muy pocos ejemplos dignos de mención a este
respecto, aunque de aparición posterior. Existen,
por supuesto, un sin fin de imágenes reporteriles
que no han sido recuperadas por los artistas ni por el
aparato divulgativo del arte.
4 La obra pertenece a la colección
de la Galería de Arte Nacional, Caracas, en donde
durante la última década el público
diverso y copioso que asiste ha podido verla en tantas
ocasiones como a las obras más emblemáticas
del arte venezolano. Una de las tantas manifestaciones
de la notoria presencia de In God We Trust, fue
su selección por parte de un grupo de curadores
venezolanos como una de las diez obras más importantes
del siglo XX en el país. Ver El Nacional, Domingo
2 de enero, 2000.
5 En una entrevista que le hice al entonces
director de la Galería de Arte Nacional con motivo
de una exposición que recogía la producción
de los 80 en el país, éste afirmaba que
el único denominador común que encontraba
era el divorcio del arte con su contexto, en sus propias
palabras, "...el arte no estaba asumiendo un compromiso
de orden histórico..." Revista Estilo, No.
8, Febrero-Abril, 1991, p. 19, Caracas.
6 A pesar de que el arte hecho en Venezuela
ha sido identificado internacionalmente con las figuras
emblemáticas de las primeras vanguardias constructivas
de los 50, su legado se ha disuelto y no se puede decir
que las "resistencias" locales hayan aceptado
alguna vez su preeminencia. Valga acotar que estas resistencias
locales siempre han sido mayoritarias y productos como
la figuración y el paisajismo han sido los que
realmente han usufructuado la estelaridad divulgativa
que afuera aparecía como la de los cinéticos.
En este punto habría que denunciar, como lo hace
In God We Trust, la falsedad del mito que quiere
hacer ver a la producción local como víctima
del síndrome de la permeabilidad cultural que se
le atribuye a nuestra sociedad. No hemos sido, para decirlo
con Hernández-Diez, transculturizados a través
del arte, aun desplegando todos los recursos importados
de los que se puedan disponer. Estas breves líneas
no se darían abasto para acercarse al problema
de una sociedad que le exige al arte lo que ella no puede
lograr, como es el caso de la definición de sus
valores culturales.
7 Con algunas variantes, el canon histórico
local acepta que el modernismo empieza con el paisajismo,
y se prolonga a través del indigenismo, surrealismo,
constructivismo, abstraccionismo, cinetismo, informalismo,
dadaismo, nueva figuración, conceptualismo, pop,
vuelta al dibujo, neo expresionismo, transvarguardia,
neo conceptualismo, correcionismo
8 Con la figura del sótano quiero
aludir específicamente a esa barrera mental que
nos coarta a producir una representación efectiva:
aquella barrera inaugurada por el Barón Alexander
von Humboldt cuando pretendió ver desde lo más
alto de la montaña que divide a Caracas del Mar
Caribe todo el resto de Sur América. Curiosa coincidencia
la del culto Barón con nuestra insistencia moderna
por negarnos el frente al mar.
9 Periódico El Mundo, 22 de noviembre
de 1962.
10 Ver Esther Coviella, Ediciones de El
Techo de la Ballena, tesis de grado, pp. 48-49, Escuela
de Arte, Universidad Central de Venezuela.
11 Eduardo Galeano, "América
Latina debe descubrirse a sí misma", en Carta a
las Iglesias, San Salvador, 1988.
12 En Art after Philosophy and After,
Collected Writings, 1966-1990, Joseph Kosuth, edited
by Gabriel Guercio, Introduction, p. xxvi. "Las obras
de arte son proposiciones analíticas. Esto es,
si son vistas dentro de su contexto el arte
no despliegan ninguna información acerca de ningún
hecho concreto. Un obra de arte es una tautología
en la medida que es una presentación de las intenciones
del artista, es decir, el artista está diciendo
que una obra en particular es arte, lo que significa que
es una definición de arte. Que es arte es verdad
a priori (esto es lo que Judd quiere significar cuando
dice que "si alguien lo llama arte, entonces es arte").
13 Ovalles también fue miembro
del ya mencionado grupo El Techo de la Ballena. Ver Coviella,
op. cit., p. 27.
14 Existe un extenso prontuario de la
filiación entre el constructivismo ruso y las vanguardias
latinoamericanas. En los últimos tiempos esta afiliación
ha tenido como su objetivo predominante hacer evidente
que nuestras versiones de la abstracción y constructivismo
no son derivativas de propuestas de imposición
hegemónica como el minimalismo. Se podría
argumentar que derivar del constructivismo ruso no es
distinto a hacerlo de cualquier otro movimiento. Sin embargo,
podrían retomarse prudentemente las historias de
los utopismos socialistas del XIX en América Latina
como una vía para descifrar la inclinación
que hacia proyectos de renovación social ha existido
en este subcontinente.
15 Estoy refiriéndome a la interpretación
posterior del movimiento no muy distinta al espíritu
con el que propio Tatlin llegó a decir: A revolution
strengthens the impulse of invention. That is why there
is a flourishing of art following a revolution. . . .
Invention is always the working out of impulses and desires
of the collective and not of the individual. Vladimir
Tatlin, International Iskusstv (1919).
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