| Mario
Abreu: Hechicería Constelada y Objetos
|
Carlos
Contramaestre |
© Enrique Hernández-D'Jesús
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La dimensión portentosa y la originalidad sin
precedentes de Mario Abreu dentro del arte venezolano
aún no ha sido examinada, ni estudiada exhaustivamente
como se merece. Ni siquiera la crítica de arte
más acreditada del país se ha detenido a
evaluar con el rigor necesario cada uno de los momentos
o hitos de mayor creatividad que marcaron su evolución
artística y se tradujeron en sólidos aportes
a la vanguardia del arte latinoamericano dentro del contexto
universal. El equívoco y la confusión de
la crítica fue poner todo su énfasis en
lo que resultaba obvio y evidente, identificando la obra
plástica de Mario Abreu con la mágica y
popular que, desde luego, limita la diversidad y complejidad
semántica de su obra. Crítica superficial,
que no va al fondo de ella y por el contrario escamotea
su contenido profundo, universal, arraigado a las vivencias
de este artista que trabaja los lenguajes contemporáneos
y es prisionero de ellos, asimilándolos y eligiendo
lo que es afín a su expresión renovadora.
Adelantándose a cualquier aseveración que
pudiera desvirtuar sus lineamientos estéticos,
en una oportunidad declaró: "Yo no he tratado
nunca de hacer pintura nacional. Tampoco se puede ubicar
mi obra
en un nivel popular o folklórico. Respecto a las
supersticiones populares, no me han costado ningún
esfuerzo, puesto que ellas forman parte de mi propia experiencia
vital". Mario Abreu estuvo consciente de su reto
de artista contemporáneo desde los inicios de su
formación en Caracas, hasta su ardua y fecunda
experiencia parisina en contacto directo con las corrientes
internacionales más avanzadas, que le obligaban
a deslastrarse de cualquier resabio academista y que,
en todo caso, potenciaban su veta intuitiva de creador
nato y su disposición abierta a inscribir su americaneidad
sin límite, en un lenguaje universal. Al conocimiento
de las más variadas tendencias plásticas
en boga, que en su radicalismo planteaban rupturas importantes,
se sumó el impactante encuentro con el arte africano
en su visita al Museo del Hombre, de París; allí
pudo confrontar sus raíces mestizas con el mundo
mítico de sus ancestros. Enfrentó ese choque
de dos culturas, que fue decisivo para emprender con claridad
la explotación de cada expresión, tendencia
o movimiento con objetividad, asumiéndose sin adhesiones
incondicionales.
En
algunas obras transicionales de esta etapa parisina, se
advierte cómo su despierta sensibilidad, asimila
y se apropia, en cada contacto estimulante, de elementos
afines a su quehacer plástico para transformarlos
y adecuarlos a su expresión.
Lo importante para Mario Abreu, así como para
el grupo de artistas radicados en París que le
precedió, Los disidentes, fue haber tenido
clara conciencia de la necesidad de romper ataduras parroquiales
para enfrentarse y abrazar la contemporaneidad artística
con todos los riesgos y consecuencias que ello implica.
Desde luego, existían hondas diferencias con los
planteamientos de Los disidentes. La vía elegida
por Abreu no se centraba en los aspectos conceptuales
o técnicos del constructivismo, sino en encargar
el reto de la modernidad. A este artista lo respalda ese
bagaje cultural nato, arraigado a sus vivencias, a la
cosmovisión americana vitalista, que afirma sus
cimientos en ese misterioso entramado mítico.
La etapa parisina de Abreu fue una de las más
fértiles para su pintura, así lo reconoce
Roberto Guevara: "Pero París es sabiduría
infusa en el aire, comunicación casi osmótica
que no requiere palabras, sino de nuevos sensores que
estén despiertos y capten sin mediación.
De tal manera que el primer gran influjo será el
del ordenamiento del lenguaje, siempre dominado por las
grandes fuerzas que conducen la sensibilidad del pintor;
una lírica otra, salvaje y desafiante. En este
lapso se producirán las obras maestras de la pintura
de Mario Abreu, en especial "Selva amazónica"
(1956) y la "Dama vegetal" (1956)". "La
selva", "El guerrero", y otras obras inconclusas
de este período, constituyen una larga y sostenida
preparación de sus instintos adivinatorios, que
concluirá con "Gestación de la lluvia"
y su cosmogónica obra, el "Toro constelado".
Fusión global de sus experiencias colorísticas,
que van más allá de las formas icónicas
ancestrales, para plantarlas en un espacio cósmico
y poético, atravesado por constelaciones. El toro
como símbolo astral, detenido con asombro ante
la enigmática noche, derrama vías lácteas
pobladas de estrellas, sangre sideral que cae de su propia
agonía y acentúa la soledad planetaria del
hombre y la nada.
Por
desconocimiento y simplismo, a Mario Abreu se le relaciona
con el arte espontáneo, popular, no cultivado.
Imagen falsa que Abreu se encarga de desvirtuar, ya que
detrás de su búsqueda plástica no
solamente estaban presentes los elementos académicos
de su formación caraqueña, también
le interesaba el cine expresionista alemán o el
puntillismo de Seurat, que luego transmuta en sus claves
oníricas.
Si por su naturaleza vital, Mario Abreu dejó de
lado el neoplasticismo, no ocurre lo mismo con el dadaísmo.
Esa vanguardia artística aceró su voluntad
de ir hacia delante, sin asumir textualmente sus códigos
estéticos en sus diversas gamas de expresión,
sino tomando los ingredientes esenciales, como lo veremos
más adelante en sus "Objetos mágicos",
llenándolos de sentido y de un contenido cónsono
con su sensibilidad americana.
Tanto
los constructivistas como los dadaístas aceptaban
como algo común, a pesar de sus divergencias conceptuales,
la desintegración de las relaciones entre la forma
y el contenido que ponían en entredicho las tradicionales
posturas frente a la obra de arte.
Se reactivan novedosas proporciones, hasta ese momento
inéditas, para crear otras potencialidades en la
elaboración de los ensamblajes. Este fue uno de
los mayores hallazgos de Mario Abreu, que asimiló
y luego puso en práctica, utilizando de sus predecesores
el azar dirigido para articular una nueva belleza.
En este sentido, todos los experimentos que la vanguardia
europea utilizó para ordenar el caos y crear sus
ficciones plásticas, no fueron ajenas a
Abreu. Ni los cuadros "Merz" de Kurt Schwitters,
ni los "Fallenbilder" de Daniel Spoerri, en
su heterogeniedad fragmentaria, o los restos casuales
congelados por la resina, fueron ignorados por Abreu.
Relación que se entiende aún más
con lo que expresa Schwitters: "Puesto que puedo
comparar entre diversos materiales, tengo una ventaja
con respecto a la pintura que sólo se vale de óleo,
y es que yo establezco una valoración no sólo
de color contra color, línea contra línea,
forma contra forma, etc., sino también de material
contra material". Sobre los "Objetos mágicos".
Abreu confirma:
"Busco a través de las ordenaciones plásticas
y de los contrasentidos, y en las oposiciones de fuerzas,
develar el acto mágico, sacrificando los estados
complacientes para crear fuerzas vivas y de esta manera
animar los objetos, en ello aporto la evidencia de mi
propia demarcación en la geografía física
y psíquica, no cerrándome las puertas al
universo y aceptando mi alienación activa, ni evadiendo
mi realidad".
Las
diferencias frontales, que ya desde 1915 se hacen evidentes,
entre constructivismo y dadaísmo a la postre no
resultan irreconciliables.
Corrientes subterráneas, invisibles vasos comunicantes,
sobrepasan en la práctica la proclama teórica
de estas dos nuevas categorías estéticas;
a todos sin excepción los identifican los materiales,
constelaciones milagrosas que los acercaban y daban sentido
a sus proposiciones. Malévich estuvo consciente
de que "todos los materiales y formas aparentes desaparecen
tan pronto se fusionan en una construcción. La
máquina, con todas las implicaciones para la modernidad,
fue el elemento de confluencia entre constructivistas
y dadaístas. Nuestros artistas no fueron indiferentes
a estas confrontaciones estéticas, y en particular
Mario Abreu, quien venía marcado por las prédicas
elocuentes de Alejo Carpentier,
y por la experiencia colectiva del Taller Libre de Arte,
que compartió con Vigas, Oramas y Jaimes Sánchez,
entre otros; ya venía sensibilizado para asimilar
las claves afroamericanas de Lam, tamizadas a través
del cubismo picassiano, para abrirse con libertad a los
cambios conceptuales y tendencias plásticas, pasando
de la superficie bidimensional a la arraigada tridimensionalidad
del objeto, planteada radicalmente. Los "Objetos
mágicos" de Mario Abreu constituyen para el
arte venezolano contemporáneo una de las más
logradas síntesis, no sólo como obra del
artista, sino como testimonio del mestizaje cultural americano.
Sin entrar a negar, de ninguna manera, el parentesco con
los dadaístas que volvía a éstos
fríos y vacíos, sin alma. Marta Traba afirmó
algo similar cuando entró en contacto con los objetos
de Abreu, que le parecieron lúdicos y más
"divertidos" que los de Arman. Ella agregó:
"Creo que hay una confusión respecto a este
venezolano situado por fuera de las corrientes dominantes
y de los grupos de presión artística. La
gran confusión empieza cuando se desestima a lo
largo de los años un trabajo evidentemente original
y representativo de las fuerzas y valores culturales que
se mueven soterradamente en el país, tras su fachada
tecnológica y petrolera".
El "Objeto mágico", para Mario Abreu,
no es producto solamente de una reflexión estética,
es parte fundamental del entorno vivencial de su infancia;
él le imprime esa carga evocatoria, poética
y ritual, llenándolo de una profunda espiritualidad
y contenidos vitales y políticos. Con ellos logra
aclarar su papel de artista hechicero: "Su puente
entre lo culto y lo popular". La vinculación
de Abreu y su obra con el dadaísmo no ortodoxo
se hace evidente en su actitud desafiante, anticonvencional,
cercana al desborde de la palabra poética. Esa
misma furia pasional que se percibe en todos los actos
creadores de Abreu,
Mario Abreu
en su casa de La Pastora,
1970
|
como agudamente lo expresa Juan Calzadilla: "La
furia posesiva del color en Abreu culmina en un acto donde
la pintura deja de hablarnos de él para convertirse
en expresión anónima, en ciencia colectiva,
en vehículo de la especie".
Abreu ha comprendido este mecanismo de impersonalización
que por una vía de afirmación de su yo,
conduce a la autonomía y la separación de
la obra, cuando dijo: "Busco en lo imposible para
demostrar que yo no soy yo, sino el otro. Soy la multitud
en mi propio devenir". Tal vez sería mejor
decir que él es la multitud en el devenir de su
pintura.
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