Será de noche, y estaremos cómodamente sentados viendo el televisor y mientras una hermosa chica del tiempo nos advierte que el día de mañana no podremos dejar nuestro paraguas en la casa, una imagen satelital nos muestra cómo el frente lluvioso, los próximos huracanes o el sol más esplendoroso se mueven sobre nuestro particular lugar en la Tierra. Una vez que sepamos el clima que probablemente nos espera mañana, quizás cambiemos de canal; dependiendo del animo o del cansancio, nos quedaremos un rato en Discovery, y alguna simulación nos enseñará desde el funcionamiento de las constelaciones, las estrellas o las supernovas, hasta los comportamientos fascinantes de genes o impulsos eléctricos que corren por nervios, células o corrientes sanguíneas vistas desde adentro. Quizás para evitar la enésima repetición del mismo programa evitaremos Discovery y nos detendremos en algún deporte de ESPN, en el que un cursor nos puede mostrar al instante cuál es la estrategia que Phil Jackson planteará para su próxima jugada con los Lakers o los distintos rangos, estilos o preferencias de bateo de cualquier jugador de los Yanquis. Fastidiados del deporte terminaremos en MTV, viendo cortos animados sin mayor sentido que el poder hacerlos, viendo las coreografías adolescentes de Britney Spears, o desentrañando los impulsos del deseo de 7 jóvenes norteamericanos que viven en un muelle de San Francisco siendo filmados para nosotros durante todo el día. No por casualidad este programa se llama The Real World (programa que tuvo el año pasado más solicitudes que cualquier universidad en USA). Cansados del zapping, mejor chequear los mails, navegar un rato, o estar en un chat room, escribir las cosas que en otros momentos decíamos en vivo. El servidor, Amazon, una compañía que vende seguros, sabiendo que está próximo tu cumpleaños te envía información valiosa y privada para hacer escogencias a tiempo (además basadas en tus preferencias y alcances presupuestarios), sin embargo, ha sonado un timbre y suspendes la sesión. La nevera ha terminado de enfriar el tres leches y nada mejor que comerlo en su punto. Nada fuera de lo común, siempre y cuando se tenga televisión por cable, computadora, internet, neveras inteligentes, celulares conectados y amistosos, lavadoras y secadoras integradas y sensibles, tarjetas maestro, que abren todas las puertas, aparatos de sonido que nos despiertan con nuestro concierto preferido de Bach. Independientemente de la diferencia tajante que establece el tener o el no tener estas cosas, aunque no por ello menos importante y controversial, el alcance de lo que hoy nos ocupa apunta a esa presencia invisible pero avasallante, envolvente de las nuevas tecnologías en lo cotidiano. Si algo puede hilvanar el relato de esas horas nocturnas de cualquier ser urbano contemporáneo es el paso descuidado pero constante de una a otra forma de conexión con un sistema de redes de información, impulsos, bits, sin siquiera notarlo, tan sólo haciéndolo. La arquitectura, tanto desde el interior disciplinar que hoy nos reúne y nos agrupa, como desde la percepción descuidada que en su momento W. Benjamin le atribuyese, no escapa a la mediatización. Cuatro miradas y unos apuntes quizás permitan abrir el espacio de la duda, de la fascinación, de la angustia. Los Vientos
El encargo era sencillo y banal: hacer de un tanque de agua en medio de una zona urbana de Yokohama algo más que una estructura de servicio atravesada. Toyo Ito envuelve la estructura del tanque con una piel elíptica de mallas de aluminio perforado, distintos sistemas de iluminación artificial y un sistema digital conectado a una red de sensores. Estos sensores, conectados a su vez a los sistemas de iluminación, captaban estímulos del entorno; niveles de ruido, de iluminación, dirección e intensidad de los vientos, y en función de estos reaccionaban: a partir de la luz propia podía percibirse cómo un volumen opaco, transparente, o semitransparente podía destacar su estructura o el interior, luces puntuales a lo largo de toda la altura, o un sistema de líneas horizontales. Una forma simple, un sistema complejo, del cual los únicos rastros que poseemos son sus propias reacciones luminosas; nada se sabe de la compleja red que posibilita el espectáculo visual. Mientras los efectos, tan cambiantes como el entorno que rodea a la Torre de los Vientos, se hacen visibles, la tecnología que los permite, desaparece, invisible, inalcanzable, inexplicable. Más importante que el truco es la propia relación entre infraestructura y entorno; no se entiende el objeto como un elemento inerme, estático; éste se convierte, gracias a sus sentidos, en un ente vivo, artificialmente vivo, cambiando su ánimo cuando cambia el tiempo. Esta relación fluida, dinámica es entendida estructuralmente, y si algo caracteriza la vida contemporánea es su inestabilidad. Quizás desde el mismo momento de su concepción, una estructura de este tipo no está planeada para la eternidad, sino para cumplir un ciclo de vida, corto, acelerado, luminoso, cual replicante de Blade Runner. En 1996, tras aproximadamente 10 años de vida, la Torre de los Vientos es desmantelada.
Propuesta ganadora del concurso para una casa que explorase las posibilidades y condiciones que los nuevos medios tecnológicos infiltran en la esfera domestica, The Ninja House de BollesWilson, trabaja la relación arquitecturamedios desde una perspectiva distinta. Una serie de objetos sueltos, que, siguiendo los códigos del arte conceptual actúan como índices, como signos de una relación posible: una piedra, una persiana, una estructura desnuda, y el elemento central, una informe carpa negra. El problema clave de la propuesta de BollesWilson es el de la sombra, pero un nuevo tipo de sombra que cualquier ser urbano contemporáneo arroja tan descuidadamente como la que sol produce diariamente: una sombra informática. Desde el momento en que tenemos licencia de conducir, seguro médico, inscripción escolar, identificación, propiedades inmobiliarias, derecho al voto, cuentas bancarias, patentes, televisión por cable, información en internet, es decir, desde el mismo momento en que ingresamos de una u otra manera en alguno de los sistemas de información que rigen las diversas actividades de las sociedades modernas, comenzamos a construir una sombra mediática que llenará los múltiples bancos de datos con los que diariamente interactuamos. Desde el sencillo problema de la identidad, pasando por nuestros gastos mensuales, propiedades, grado y tipo de instrucción, estado de salud y enfermedades que componen nuestro historial médico, estado civil y relaciones familiares, llegando incluso hasta cuáles son nuestros gustos literarios o musicales, de tanto comprar en Amazon todos nuestros datos pueden ser encontrados en el Banco de Datos, ya sea del banco en el que tenemos nuestro dinero, o en la aseguradora con la que peleamos para que nos pague por el choque del auto. Entre el realismo y la nostalgia, BollesWilson proponen un refugio, un lugar de escape que, inserto en medio de la congestión urbana (no por casualidad el emplazamiento está al lado de la Torre de los Vientos de Toyo Ito), permita la sombra, el descanso fuera del alcance de los medios. La tecnología que se usa para escapar de ella. El manto, que a la manera de precario y fugaz refugio, permite la ausencia momentánea, el aislamiento voluntario. Manifestación en negativo de los fluidos que constantemente nos atraviesan, The Ninja House vuelve muy orientalmente al tema de la Sombrilla, haciendo de la presencia ubicua e inmaterial de la información una ausencia materializada, frágil presencia de lo que aún consideramos valores intrínsecos de una casa: ese pequeñísimo detalle del derecho a la privacidad. Corrientes
La Nube
Dependiendo de las condiciones atmosféricas, se la podrá ver flotando sobre la superficie reflejante de un lago en calma. Como parte de una exposición nacional a ser celebrada en cuatro ciudades distintas en territorio suizo, el pabellón llamado Blur Building de los arquitectos-artistas Elizabeth Diller y Ricardo Scofidio promete dar un paso más en la disolución objetual que tanto parece obsesionarnos por estos tiempos. Un andamiaje metálico, posado en medio del agua, contiene un sistema de difusores que crea una niebla alrededor de la estructura. Esta nube, controlada por una estación de clima artificial, varía de acuerdo a las condiciones de la temperatura, humedad, velocidad y dirección de los vientos. Dentro de la nube, el andamiaje sostiene un restaurant parcialmente sumergido en el lago, áreas expositivas, pantallas de cristal líquido, peceras, y otros medios interactivos. Los espacios interiores no sólo están generados a partir de las divisiones tradicionales: estructura, desniveles, vidrios, etc., espacios creados con luz artificial, con proyecciones, reflejos, o incluso a partir de extractores de aire, posibilitan maneras difusas de delimitación espacial. Diller y Scofidio comentaban en una entrevista reciente que una de sus intenciones esenciales era cuestionar la idea de fachada, y en el proyecto presentan una irónica lámina de fachadas en las que el edificio muestra su fachada a 15 grados, a 25 grados, a 30 grados, pero centígrados. Disuelto en puro acontecimiento atmosférico, el edificio expone, quizás a un límite no explorado hasta el momento, la inmaterialidad mediática, la disolución de los límites, la invisibilidad tecnológica que permite la ilusión del efecto. Sensacional, en un sentido amplio de la palabra, apela más a una construcción háptica y envolvente de la definición espacial, que a una estructuración visual y objetual: la estructura, la forma, la composición en planta o en sección del proyecto son absolutamente irrelevantes, no hay manera de verlos. Es la pura experiencia del tránsito, a medio descubrir entre la niebla artificial izada, la que permite a duras penas construir una idea de posición en el mundo, posición relativa y mediatizada por las coordenadas que cual murciélagos podemos recibir desde monitores, pantallas, o furtivos espacios libres en esta nube virtual.
Reporte del Tiempo Gran parte del imaginario moderno se desprende de la fascinación que produjo en artistas y arquitectos el mundo maquinista que se desarrolla a partir de la revolución industrial. La famosa metáfora de una "máquina para vivir", las constantes referencias a líneas de montaje, producción en serie, velocidades, autos, aviones, trasatlánticos, etc., demuestran ampliamente tanto la seducción que producían estas nuevas condiciones, como su cotidiana presencia en el mundo. La industria moderna forma parte estructural y orgánica de una organización del trabajo, de las relaciones sociales, de una dinámica económica que precisa velocidad, eficiencia; los arquitectos quieren ver más allá, tiene también una condición estética. Nos podemos preguntar, ¿son distintos los tiempos que nos tocan ante la revolución informática? De la misma manera, una nueva tecnología, que está cambiando drásticamente las maneras en que nos relacionamos con el mundo, entra sigilosamente en nuestro ámbito cotidiano. No han cambiando espectacularmente las formas: un televisor sigue siendo más o menos lo mismo, un auto sigue teniendo cuatro ruedas, puertas, etc. Lo que realmente ha cambiado son los sistemas de relaciones, que empiezan a regirse por códigos y maneras nuevas: la forma en que nos comunicamos, en que accedemos a la información, en que consumimos, en que nos encontramos. Y básicamente estos cambios son inmateriales, mediáticos. Lo realmente importante de un nuevo auto no es solamente que ahora se asemeje a una burbuja, y pudiera correr más que sus predecesores (la velocidad ha dejado de ser importante), sino que ahora es inteligente, es decir, su sistema de información, que es básicamente un sistema de relación con el entorno, le puede ir informando de condiciones que están cambiando en el exterior, o condiciones que están cambiando en el interior y en función de lo cual dar una respuesta adecuada. Esto va desde una localización en el territorio por ubicación satelital, hasta la manera en que se está comportando el combustible o el aceite. De la misma manera, y quizás de una forma mucho más radical, la computadora en la que trabajamos, de la que depende que esta lectura pueda darse ordenadamente y no dependiendo de un sistema tan falible como mi memoria, es el conector con todo un complejo y vasto sistema de información, en el que guardamos cosas de las que depende nuestro sustento, nuestra educación, y que en cualquier momento puede colapsar sin que podamos hacer más nada que intentar reiniciarla y llamar con los dedos cruzados y los ojos aguados al técnico, esperando que se pueda salvar el disco duro. Una caja blanca, que materialmente contiene circuitos, chips, tarjetas de memoria, disco duro, pero de la cual sólo nos interesa lo inmaterial, lo que puede contener, y con lo que nos puede conectar. La materia, es decir, la tecnología permanece inaccesible, distante, invisible, mientras podamos oprimir las teclas y conectarnos de una u otra manera. Para desesperación de los arquitectos, tan atados a la tiranía de la materia, de la delimitación, se plantea una paradoja interesante y angustiante. ¿Cómo sintonizar con este nuevo sistema de relaciones? Un primer aspecto estaría en la expansión instrumental que las nuevas herramientas como los sistemas CAD han aportado al proceso de diseño. Aunque aún muchos de nosotros usamos el CAD como una extensión del rapidograph, las potencialidades de un proceso de diseño interactivo y más importante, conectado interdisciplinariamente, permite una relación entre los diversos agentes que participan del proceso de diseño de una manera más efectiva e integrada. En el momento en que la oficina de Frank Gehry no envía planos a la constructora que va a cortar los miles de paneles de titanio del Guggenheim de Bilbao, sino que la información va directamente de una computadora a otra, pasando seguramente en el trayecto por la oficina de gerencia de proyectos que ha aprobado el costo de la operación, no sólo estamos hablando de un ahorro en papel, sino de nuevas maneras de establecer las relaciones de trabajo, en las que la localización empieza a perder importancia. Pero quizás mayor influencia han ejercido estas tecnologías en la construcción de un imaginario contemporáneo que comienza a poblar profusamente la producción arquitectónica contemporánea, aunque, vale la pena decirlo, ocupen más paredes en las universidades o páginas de revistas especializadas que terrenos reales en algún lugar del mundo. Frente a las nociones de la fluidez, la hiperconexión, la difuminación de los límites, el poder de la imagen, aparecen una serie de proyectos que basan su estrategia proyectual en redes y mallas extendidas en el territorio y la urbe, en hipersuperficies y pliegues que se diluyen entre tránsitos y recorridos, topografías y paisajes que se camuflan de verde, pantallas, pieles, y filtros, soportes de los verdaderos y efectivos mensajes. Estructuralmente la respuesta ha sido metafórica: frente a lo inmaterial, a la disolución, recurrimos a aquellas estrategias proyectuales que nos permitan acercarnos a una condición análoga. Hacer que el edificio desaparezca, que el objeto se convierta en campo, la figura en fondo. A partir de un entendimiento mayoritariamente formal, el plegado, lo topológico, la imagen, se convierten en links, en dispositivos interfaces que permiten la aparición de una nueva estética, unas nuevas formas que superando la certeza euclidiana nos transportan a nuevos territorios espaciales. En el momento en que el suelo se convierte en pared, luego en techo, luego en paisaje, luego en estacionamiento y finalmente en calle, ¿cuándo podemos decir que terminó la ciudad y empezó el edificio? ¿Cuándo se está dentro, cuándo se está fuera? El estado fluido de las relaciones entre las cosas ya no permite aseveraciones tajantes, y son diluidas transiciones las que indican que algo ha cambiado. De ahí las topografías inestables de Zaera-Polo, Greg Lynn, Eiseman, Van Berkel, Reiser y Umemoto y compañía. Sin embargo cabe preguntarse, ante el desmesurado peso que las estrategias formales cobran a la hora de disolvernos en el fluido contemporáneo, si esta situación no es una versión difusa de la vieja necesidad metafórica de representación del espíritu de los tiempos. Si durante los fugaces tiempos de la deconstrucción, la sensación era la fractura, y los edificios quebrados, descoyuntados, llenaron el espacio del papel y la crítica, hoy parece que los problemas son otros, y la disolución y la fluidez están dando la hora. En el momento en que es la forma la encargada de comunicar que los tiempos han cambiado, y que es hora de fundirse en el flujo informático, no estamos más que continuando una tradición estética bien respetable, pero quizás dejando de lado algunas de las condiciones más importantes de la revolución informática. Lo que resulta más atractivo y al mismo tiempo perturbador, de los cuatro proyectos que mencioné anteriormente, es que a pesar de que obviamente tienen una respuesta y un contenido formal, lo que los conecta con los nuevos medios no radica en ello, sino en su sistema de funcionamiento interno y de conexión con el entorno. Haciendo de la tecnología un sistema infraestructural, invisible, pero absolutamente presente, y despreocupándose de la necesidad de exclamar abiertamente dicha presencia, desplazan la posición de los medios hacia una actitud performativa, es decir, hacer espacio para que los medios operen, actúen, regulen. Esto brinda la oportunidad de pensar desde la arquitectura, no sólo nuevas formas, cada vez más sorprendentes, que reducirían el problema tecnológico a una carrera de acróbatas, sino nuevas relaciones entre las cosas. Y nuevas relaciones con aspectos que son mucho más importantes, más polémicos y más angustiantes que la forma: los problemas de generación y conservación de energía, la relación con el entorno natural y el entorno construido, lo que entendemos como esfera pública, los límites del espacio privado, la permanencia del objeto arquitectónico. Si una forma, por más fluida que sea, una vez construida queda congelada, el diseño de un sistema de relaciones posibles, que defina reacciones, respuestas, estímulos, plantea una relación dinámica y cambiante, en la que el objeto arquitectónico pasa a ser un agente que posibilita la interacción, ampliando la plataforma para el intercambio. Se abren nuevas maneras de entender la relación con el lugar: por un lado el lugar real, con el cual se interactúa, se conecta, y deja de ser una relación referida a los aspectos con que tradicionalmente trabajamos: vistas, relaciones de altura, densidades, materiales, preexistencias, sino que se incorporan la energía, los ruidos, los vientos, la temperatura, no en sentido estático y receptor, sino moldeable, inteligente. Por otro lado, conecta con otros lugares virtuales, al ser punto de conexión, portal, sitio de paso, de información, de datos, de flujos. Lo más fascinante de esta situación es que puede pasar en la Casa Moebius de Van Berkel, o en una Villa Jeffersoniana. Ambas formas pueden incorporar los mismos sistemas, las mismas respuestas, la misma actitud. Esto plantea un territorio al menos angustioso para la arquitectura: si estos sistemas son los que están calificando una respuesta dinámica, fluida, con los nuevos medios, y si estas pertenecen más a un mundo tecnológico que arquitectónico, ¿cuál es el papel que nos tocará jugar a los arquitectos en la definición de este sistema de relaciones? Y si por otro lado, esta tecnología puede ser relativamente indiferente al envoltorio arquitectónico que lo contiene, ¿en qué influye la arquitectura? Se comienza a transitar un territorio indefinido, en el que las definiciones pueden ser traicioneras. Estos ejemplos que hemos visto hoy, ¿están aún dentro del mundo de la arquitectura, o caen dentro de un espectro de instalaciones y parques temáticos? ¿Se expande el dominio de los técnicos envueltos dentro del proceso de diseño y ahora debemos sumar un ingeniero informático al cuerpo de diseñadores del proyecto o debemos los arquitectos tomar partido en la definición espacial y tecnológica de estos sistemas? Hoy hay clima lluvioso, las nubes están bajas, y la visibilidad es confusa, a lo mejor hay que esperar tiempos más claros para respuestas claras.
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